sábado, 27 de enero de 2018

Ahora como barritas energéticas

Antes de venir aquí hacía zumba dos veces a la semana y trampa en las clases de educación física. No es que fuera una genia engañando, creo que simplemente mi profesora entendía que el deporte no era lo mío, así que, cuando teníamos que hacer flexiones, yo me tiraba al suelo y fingía que lo intentaba. 

Llevo más de cinco meses en Estados Unidos. Los dos primeros los pasé yendo a soccer (fútbol) y a cross country (campo a través) casi todos los días. Levantándome temprano los fines de semana para ir a carreras, llevando barritas energéticas en la mochila e intentando comer mucha pasta para darle a mi cuerpo la energía que necesitaba (tampoco es que fuera a decirle que no a una excusa para comer pasta). 

Lo de soccer fue una casualidad del destino. Yo vine con la intención de apuntarme a deportes, porque me habían dicho que era algo casi necesario si quería volver a España caminando en vez de rodando. Y que ayudaba a la hora de hacer amigos. Pero si alguien me hubiera dicho que iba a apuntarme a un equipo de fútbol me habría reído en su cara. Y bien fuerte. Para que entiendas el motivo de mis carcajadas: estuve en fútbol cuando tenía seis años. El partido que jugamos para que lo vieran los padres lo pasé paseando de un lado a otro saludando como si fuera una princesa. El balón era algo que los otros niños perseguían y que yo no tenía ningún deseo de tocar. Durante los partidos de fútbol importantes, esos en los que mi casa se llenaba de amigos de mis padres que venían a verlos, yo no miraba la tele ni una sola vez. Al salón iba porque había papas fritas.

Pero resulta que estoy quedándome con una familia de acogida, que me acoge porque sí y sin recibir nada a cambio, y la hija de esta familia concreta (la que se convertiría en mi hermana americana) me preguntó por correo que si me gustaría apuntarme a soccer. Eran esos correos en los que intentaba ser hiper mega agradable e hiper mega interesante, porque era una familia que me iba a acoger un año sin recibir nada a cambio y necesitaba gustarles. Le dije que no, pero no fue una negativa muy convincente. Y ella me dijo que no pasaba nada por ser mala, que necesitaban gente, no buenos jugadores. Las ventajas de ir a un instituto pequeño.

Intenté practicar antes de marcharme. Mis amigos me compraron un balón naranja, y trataron de enseñarme en el campo, en la playa y en los ratos libres. Aprender, no aprendí mucho. Así que cuando llegué a Estados Unidos mis habilidades futbolísticas seguían brillando por su ausencia. Pero Mary tenía razón, en el equipo necesitaban gente. Se alegraron de tenerme. Intentaron enseñarme y resultó que no era tan terriblemente mala como pensaba (solo relativamente mala). Aprendí mucho, y lo disfruté aún más.

Cross country fue más un amor a primera vista. Era el deporte en el que tenía pensado participar. También me recibieron con los brazos abiertos. Resulta que necesitaban gente casi tanto como en soccer. En cross country tuve más oportunidades, mejoré rápido y conseguí cosas pequeñas de las que me siento orgullosa.

Me enamoré de ambos deportes. El día que jugamos nuestro último partido lloré, y mi madre americana nos compró helado, porque el helado lo cura todo. Nuestra última carrera fue un poco más alegre. Aunque a lo mejor sería más correcto decir que me enamoré de ambos equipos. Porque cuando jugaba al fútbol me lo pasaba bien, pero cuando cantaba a gritos en la guagua con mis compañeras, ganáramos o perdiéramos, era feliz.

Cuando acabaron los deportes de otoño empecé natación. Yo (ilusa de mí) pensaba que cross country y soccer eran duros. Un paseo comparado con natación. Durante la primera semana, semana en la que nos limitamos a entrenar fuera de la piscina, me dolía todo. Sentarme en el váter era toda una aventura: coger aire, apoyarme en las paredes de los lados e irme dejando caer lentamente. Reprimir una mueca y un gruñido. Cuando nos metimos en el agua pensé en dejarlo. No me lo planteé seriamente, porque en solo una semana ya me sentía parte de una pequeña familia, y porque yo no soy de las que dejan las cosas, y porque no quiero engordar excesivamente, pero empecé a entender por qué Michael Phelps desayuna más de lo que yo como en toda una semana.

No me rendí, seguí quedándome en el instituto dos horas y media más cada día, tendiendo mi bañador por las noches y usando lentillas de forma constante. Hasta que me disloqué el hombro. Tuve que dejar de nadar durante casi dos meses, aunque seguí yendo a los entrenamientos todos los días. Aquí es así. No puedes nadar, pero sigues formando parte del equipo. Y mientras podía meterme en el agua lo odiaba, pero cuando tuve que estar mirando cómo otros nadaban y se cansaban, lo eché de menos cada día. Eché de menos reírme mientras estirábamos, los cotilleos en los vestuarios y las quejas conjuntas. Pero sobre todo, eché de menos esa sensación recién descubierta que mi padrino intentó explicarme muchas veces. Estar cansada, agotada, no poder más. Y sentirte satisfecha por ello.

Estoy empezando a participar otra vez, poco a poco. Ahora lo valoro más, pero me canso lo mismo.

Así que esta soy yo, cinco meses después. La nueva Elena, la que conoce la sensación de no poder más, pero hace caso a Dory y sigue nadando (o corriendo, en su defecto) aunque le falten aire y fuerzas. La que sabe lo que es pertenecer a un equipo. La que ha aprendido a renunciar a levantarse tarde los sábados, porque esos días suelen ser de carrera o de competición. La que se lleva una manta a la guagua para dormir en el trayecto. La nueva Elena, la que entrena todos los días, y no se queja (demasiado) a la hora de hacer deporte. La que come barritas energéticas.

Sin embargo, hay cosas que Estados Unidos no puede cambiar. Cuando nos ponen a hacer flexiones en natación, sigo haciendo trampas. Aunque ahora por lo menos lo intento de verdad.






domingo, 31 de diciembre de 2017

12 campanadas

                                                                          foto por Tessa Rampersad, Unsplash

Recibí el 2017 en Italia, abrazada a mis padres y a mi hermana, comiendo smarties en vez de uvas. Lo despido en medio de Estados Unidos, sin smarties, sin uvas, a muchos kilómetros de mis padres y mi hermana.

Recibí el 2017 con un frío decente y soportable, de ese del que te proteges con un suéter gordito y un abrigo peludo. Lo despediré en medio de la nieve, a una temperatura negativa en Fahrenheit, envuelta en capas y capas de ropa cual muñeco michelín.

Recibí el 2017 casi a la vez que todos mis amigos, que toda mi familia, que todos aquellos que me mantuvieron en sus pensamientos a la hora de darle la bienvenida al nuevo año. Lo despido cinco horas después que todas las personas que conocía en ese momento, rodeada de gente cuyos nombres no me sabía hace 12 meses.

Recibí el 2017 con una 36 o 38 de pantalón (nunca me lo aprendí, solo me probaba los que pensaba que podían quedarme bien hasta que encontraba un vaquero en el que me veía decente). Lo despido con una talla más. O dos. Sigo sin tenerlo muy claro.

Recibí el 2017 sin haber visto un eclipse, sin haber probado un breadstick, sin haber ido en coche mientras un amigo de mi edad conducía, sin haber guardado mis libros en un taquilla, sin haberme puesto la mano en el corazón mirando a la bandera de Estados Unidos mientras sonaba el national anthem. Lo despido con todos esos recuerdos guardados en mi memoria.

Recibí el 2017 con mi lectura actual siendo Un maravilloso porvenir, un libro en español, como todos los libros que me había leído a lo largo de mi vida. Lo despido leyendo Everything, Everything, la tercera novela que leo en inglés. Cada vez uso menos el traductor.

Recibí el 2017 sin saber cocinarme la cena y con problemas para pelar una manzana. Lo despido siendo casi una experta en quitarle la piel a las frutas, y con la habilidad de hacer dos o tres recetas que tienen 0 dificultad sin quemar la cocina. Lo de no derretir boles estoy en proceso de aprenderlo.

Recibí el 2017 sabiendo que después de Reyes volvería al colegio al que había ido toda mi vida, con el uniforme que había llevado desde que tenía 3 años, con los amigos que han estado ahí desde entonces y con los que he ido conociendo por el camino. Lo despido sabiendo que nunca más daré clase en ese colegio. El uniforme lo conservo, para cuando me ponga nostálgica, y la mayoría de los amigos siguen ahí.

Recibí el 2017 pensando que odiaba el deporte. Lo despido sabiendo que estaba equivocada.

Recibí el 2017 sin haber visto nevar, imaginando lo mágico y especial que sería. Lo despido habiendo experimentado esa magia, y sin saber como explicar el sentimiento que se me coloca en el corazón cuando los copos caen del cielo y lo van cubriendo todo de blanco.

Recibí el 2017 rodeada de personas que quiero, de personas que me quieren y que me hacen feliz. Lo despido rodeada de nuevas personas que saben cómo hacerme reír, y sabiendo que las que no pueden darme un abrazo esta Nochevieja siguen estando a mi lado.

Recibí el 2017 con los brazos abiertos y una sonrisa, llena de ilusión y ganas de afrontar lo que sea que estuviese por venir. Recibo el 2018 con los brazos igual de abiertos, con mi sonrisa igual de grande, ilusionada y preparada. 12 meses y 12 campanadas después, eso sigue sin cambiar.

jueves, 28 de diciembre de 2017

La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

Llevaba un par de meses sin escribir. No sin escribir en el blog (que también, como es evidente), sino sin escribir en general. Este libro me ha devuelto las ganas. No hay nada más bonito que pueda hacer un libro como recordarte lo mucho que te gusta algo, y que provoque que vuelvas a hacerlo con la ilusión que te faltaba antes.


SINOPSIS
De vacaciones en la localidad bretona de Crozon, la joven editora Delphine y su marido escritor visitan una peculiar biblioteca que alberga los libros rechazados por las editoriales. Allí encuentran una obra maestra: Las últimas horas de una historia de amor, novela escrita por un tal Henri Pick, fallecido dos años antes. Pick regentaba una pizzería junto a su viuda Madeleine, y según ella nunca leyó un solo libro y mucho menos escribió nada que no fuera la lista de la compra. ¿Tenía el autor una vida secreta? Rodeado de un gran misterio, el libro triunfa en las librerías, provoca el boom editorial de los manuscritos rechazados y cambia el destino de muchas personas, como el de Jean-Michel Rouche, un obstinado crítico literario que duda de la versión oficial de los hechos, convencido de que se trata de un elaborado plan de marketing.
OPINIÓN PERSONAL

"Y ambos sabían que eso que estaban viviendo no sucedía nunca. O sucedía a veces en las vidas de los demás."

Lo que más me gustó de este libro es la forma en la que está escrito. La pluma de Foenkinos es sencilla, divertida, original y llena de ingenio. Cada ciertos párrafos, había una frase que me hacía sonreír y sacar mi subrayador amarillo y mi regla (porque sí, subrayo con regla. He dejado de ser tan perfeccionista como para querer mis libros intactos, pero me siguen poniendo enferma las líneas torcidas.).

"Aquel día diluviaba en Crozon. No se veía nada, podía haber estado en otro sitio cualquiera."

Otra cosa que me ha encantado es el ambiente, francés, hogareño y pueblerino; y la historia. Una idea original, crear una biblioteca para libros rechazados; y una casualidad del destino, que una editora encuentre una obra maestra entre todos esos manuscritos, provocan miles de consecuencias y cambian las vidas de muchos personajes, a los que vamos conociendo poco a poco. Foenkinos les va dando pinceladas delicadamente y sin prisa. Cada uno es diferente, con sus propias facetas e historias. Nos cuenta cosas sobre ellos que no son necesarias para la trama de la novela, pero esa es la magia de La biblioteca de los libros rechazados. Es un libro escrito de forma sencilla y llena de encanto, sobre las vidas ordinarias de unos franceses que cambian indirecta o directamente por el lanzamiento de un libro muy exitoso.

"Según iba envejeciendo, se percataba de que nadie pensaba ya que fuera capaz de tener sentido del humor. Claro, los viejos no pueden por menos de convertirse en unas personas lúgubres que no entienden nada ni son capaces del menor ingenio."

Y, por último, el final. El que no me esperaba para nada, el que me ha sorprendido y el que le ha dado un poco más de sentido a todo. El final perfecto.

En definitiva, La biblioteca de los libros rechazados es un libro cuya magia reside en su sencillez, su humor y su encanto, en sus personajes y en su ambiente. Un libro para esas personas que no sienten pasar el tiempo cuando se sumergen en las páginas de una historia, para aquellos que recorren con reverencia los pasillos de una biblioteca, y que se saben de memoria el olor del papel.

miércoles, 11 de octubre de 2017

En Estados Unidos las pastas de dientes son más grandes

El título es solamente una referencia a todas las cosas nuevas, diferentes y alucinantes que estoy viendo y descubriendo. Por ejemplo, pastas de dientes en las que podría meterme dentro. Bueno, en realidad ya no, porque estoy engordando. Eso que dicen de que los americanos comen hamburguesas y papas fritas y comida rápida todos los días está resultando ser verdad. También hacen muchísimo deporte. Así que a lo mejor no estoy engordando, solo ganando "masa muscular". Sea como sea, los pantalones me están empezando a quedar estrechos. Y me parece que tengo más papada. Con lo poco que me gusta a mí la papada.

Porque sí, estoy en Estados Unidos. Llevo aquí poco más de dos meses. Y no es que sea una chica súper hiper mega afortunada que está teniendo unas vacaciones asombrosamente largas. Soy una chica súper hiper mega afortunada, pero por una razón bien diferente. Me dieron la oportunidad de venir a estudiar un curso a Estados Unidos, y dije que sí. De eso es de lo que va la entrada de hoy. De por qué dije que sí. Lo voy a explicar sobre todo para mí, porque hay momentos duros en los que me lo pregunto. También lo voy a explicar para esos a los que se les está ofreciendo la oportunidad de saltar, pero que aún siguen dudando en el borde del acantilado. Yo salté. Volar está siendo una experiencia dolorosamente maravillosa. Cada día más maravillosa y menos dolorosa.

Cuando tenía 13 años y me imaginaba a mí misma en primero de Bachillerato me veía en un instituto de Gran Canaria, con algunos amigos de mi colegio de toda la vida que habrían elegido el mismo lugar que yo para estudiar los dos últimos años antes de la universidad. Me imaginaba despertándome cada día en mi cama de casa, almorzando con mis padres y viendo Castle con mi hermana en mi tiempo libre (o no, no me acuerdo si por esa época estábamos tan obsesionadas con Castle como lo estamos ahora). Lo que sí recuerdo es que nunca, nunca, nunca, a mi yo de 13 años se le pasó por la cabeza que estudiaría primero de Bachillerato en un instituto americano en medio de Indiana, que estaría 10 meses sin dormir en mi cama y muchas semanas almorzando sin mis padres. Muchas semanas sin ni siquiera verlos.

Sin embargo, aquí estoy, escribiendo en el sillón del salón de mi familia americana, después de haber jugado al escondite por el instituto vacío al lado de unas chicas de las que, hace apenas unas semanas, nunca había oído hablar.

Mi abuelo piensa que estoy un poco loca. Creo que mi yo de 13 años también lo pensaría. 

El año pasado fue un amigo mío el que vino a pasar un curso a Estados Unidos. Recuerdo el momento en el que me enteré de que iba a hacerlo. Esa tarde fui a hacer la compra con mi padre y, mientras buscábamos los yogures o alguna otra cosa, le dije: "Papá, papá, ¿sabes que Luis se va a ir un año a Estados Unidos?" Lo dije como si me pareciera algo súper guay y una oportunidad maravillosa, no como la auténtica locura que en realidad pensaba que era. Mi objetivo con aquella oración era empezar una conversación, no una aventura que cambiaría mi vida.

La respuesta de mi padre me dejó sorprendida: "¿Te gustaría ir a ti también?" Durante esa tarde en el supermercado discutimos los pros y los contras de dejar atrás todo lo que conoces durante un curso. Yo mantuve mi actitud de ay-Dios-mío-qué-cosa-tan-súper-guay-me-muero-de-ganas-por-largarme-durante-diez-meses-yo-sola-a-la-otra-punta-del-mundo (nótese el sarcasmo) durante toda la tarde. Sin embargo, en algún punto de la conversación, mi padre dijo algo que yo recordaría más adelante: "Si hay algo que me arrepiento de no haber hecho, es haber ido a vivir y estudiar un año a un país como es Estados Unidos.".

No sé en qué momento dejé de ver todo esto como una auténtica locura. No recuerdo en qué momento empezó a crecer en mí la semilla de la ilusión, cuándo empecé a plantearme la posibilidad de largarme diez meses yo sola a la otra punta del mundo, a verlo como algo realmente factible. Solo sé que llegó un punto en el que dejó de haber vuelta atrás. No tenía ni idea de si iba a ser capaz de sobrevivir, ni idea de si iba a ser el mejor año de mi vida que todos prometían (sigo sin saberlo). Pero tenía claro que no quería arrepentirme de no haberlo hecho. Hubo un momento en el que verme a mí misma estudiando primero Bachillerato en un instituto de Gran Canaria empezó a ser una opción cobarde.

Abuelo, no estoy loca. Te prometo que no. Bueno, en realidad sí. Estoy loca de ganas por crecer, aprender, descubrir cosas, conocer gente y todos esas cosas clichés que se dicen y que no por ser clichés dejan de ser reales.

Ha habido momentos duros en estas semanas. He llorado abrazada a mi almohada, o hablando con mamá por FaceTime. He sentido cómo se me rompía el corazón y he deseado la llegada de junio para poder volver a casa. Me he mirado al espejo y me he preguntado a mí misma que qué hago aquí, que por qué vine. Afortunadamente, cada una de esas veces, mi reflejo de rostro inundado de lágrimas ha encontrado mil respuestas posibles. Vine porque me dieron la oportunidad, porque quería hacerlo, porque va a ser la mejor experiencia de mi vida. Vine porque estoy loca, porque quiero aprender y reírme y conocer y crecer. Vine porque sí, porque era la opción valiente. Vine porque quiero soñar en inglés. Vine porque no me voy a ir para siempre, pero, si no venía, no vendría nunca. Vine por mil y un clichés. Vine porque, cuando a mi hijo se le presente una oportunidad así, no quiero decirle que lo haga porque a mí me habría gustado hacerlo, quiero decirle que lo haga porque yo lo hice, y porque se convirtió en la mejor experiencia de mi vida.

Y en estos días, en los que estar triste es cada vez más raro, cuando estoy riéndome con mi hermana americana, o cantando a gritos con las chicas de soccer, o atravesando la línea de meta con los pulmones pidiendo aire a gritos, es en esos momentos cuando sonrío y pienso: "Por esto, por esto vine.".

Pequeña aclaración: Sé que el final queda precioso y muy poético como está, pero quería aclarar algo. Cuando cruzo la línea de meta no sonrío. Solo me caigo al suelo, me odio a mí misma y pido agua. Sonrío después, cuando me siento orgullosa por lo conseguido. Dime tú a ver quién se va a poner a sonreír después de haber corrido cinco kilómetros sin parar lo más rápido posible. Bueno, hay una persona, el chico que siempre queda primero, que se corre los cinco kilómetros en un cuarto de hora y sin parar de sonreír, pero los del equipo de crosscountry no estamos del todo seguros de que sea humano.






Ganadoras de un concurso de lanzar huevos sin romperlos.
Lo nuestro es arte y lo demás son tonterías.
La entrada "En Estados Unidos las pastas de dientes son más grandes" es un post del blog Nata Sin Fresas

martes, 25 de julio de 2017

Cambio de look

Acciones el giratiempo. Remontémonos a julio de 2016. Por esas fechas aproximadas una niña muy parecida a mí estaba buscando un nombre para su futuro blog. Encontró el nombre perfecto: Nata sin fresas; y un pequeño problema: ese nombre ya estaba cogido. Finalmente se decidió por otro nombre que, aunque no perfecto, también le gustaba mucho: Tres almendros en flor. Pero, varios meses después, cuando el blog ya estaba creado y crecía poco a poco, los Reyes Magos, siempre cumpliendo deseos, quisieron regalarle a la niña el nombre perfecto. Por circunstancias de la vida, la niña muy parecida a mí tardó varios meses en rebautizar a su blog. Pero finalmente lo hizo. 

Bienvenido a Nata sin fresas, el mismo blog que Tres almendros en flor pero con un nombre mucho más bonito. Espero que te guste.

Con cariño,

Elena

P.D.: Como consecuencia del rebautizo, también tenemos una nueva dirección: natasinfresas.com. Pero no te preocupes, si eres de esas personas que van a la antigua y prefieren no cambiar, la otra dirección (tresalmendrosenflor.blogspot.com) también te traerá a este pequeño rinconcito.

P.D.2: Muchísimas gracias a mi querida Andrea Finita por hacer un dibujo tan bonito para el diseño del blog, y a mi hermana Ana, por hacer el título y conseguir que quedara tan bien. Y por aguantarme mientras lo hacíamos. Y porque como no la nombre se va a enfadar conmigo, y si se enfada conmigo no me ayudará la próxima vez que tenga que rebautizar un blog. Y no queremos eso.

domingo, 9 de julio de 2017

La lección de August, de R.J. Palacio


SINOPSIS
Su cara lo hace distinto y él solo quiere ser uno más. Camina siempre mirando al suelo, la cabeza gacha y el flequillo tratando en vano de esconder su rostro, pero, aun así, es objeto de miradas furtivas, susurros ahogados y codazos de asombro. August sale poco, su vida transcurre entre las acogedoras paredes de su casa, entre la compañía de su familia, su perra Daisy y las increíbles historias de La guerra de las galaxias.
Este año todo va a cambiar, porque este año va a ir, por primera vez, a la escuela. Allí aprenderá la lección más importante de su vida, la que no se enseña en las aulas ni en los libros de texto: crecer en la adversidad, aceptarse tal y como es, sonreír a los días grises y saber que, al final, siempre encontrará una mano amiga.
OPINIÓN PERSONAL

Había oído maravillas de este libro. Desde luego, es una novela increíble. Pero no me he enamorado tanto de ella como había oído que iba a hacerlo.

"Me eché a reír, pero no porque pensase que fuera tan gracioso, sino porque no me apetecía seguir enfadado."

La lección de August tiene unos personajes alucinantes. No hay uno solo, en toda la novela, por muy secundario y poco importante que parezca, que no nos haga sentir un rastro de cariño o de rabia. Todos están perfectamente trazados, con sus historias, sus manías y sus peculiaridades. El hecho de que la novela esté contada por varios personajes nos permite conocerlos a todos un poco mejor. Por ejemplo, a August le conocemos por cómo nos cuenta las cosas, pero cuando llega el momento de que hable Via, esto también nos permite conocer a August, porque vemos cómo le ve Via, y así con todos. 

"Lo creáis o no, a la gente le impresionaba mucho menos ver a un niño con un casco de astronauta que verme la cara."

La forma de escribir de la autora (porque es una autora, no un autor, cosa que no descubrí hasta llevar más de la mitad del libro) me ha encantado. Es simple, dulce y original a la vez, y aunque no esté pasando nada importante, solo con la manera de contar las cosas ya te engancha. Por cierto, este libro tiene uno de mis primeros capítulos favoritos (es que esta mujer escribe muy bien).

"Ojalá pudiera ser Halloween todos los días. Todos podríamos llevar máscaras siempre. Podríamos pasearnos por ahí y conocernos antes de ver qué aspecto tenemos debajo de la máscara."

Por último la historia. Es una historia diferente, dura pero preciosa, extraordinaria pero real. Una historia que creo que todos necesitamos escuchar. Esta es la clase de libro que deberían hacer leer en los colegios, porque a todo el mundo le encantaría y cada uno de los alumnos acabaría siendo un poquito mejor persona.  

"No dejo que me afecte. Es como cuando sales a la calle y está chispeando. Cuando chispea no te pones las botas de agua. Ni siquiera abres el paraguas. Caminas bajo la lluvia y apenas te das cuenta de que se te está mojando el pelo."

Entonces, ¿qué es lo que no me ha convencido del todo? Pues que no me ha emocionado todo lo que pensaba que lo iba a hacer. Es un libro maravilloso, que me ha encantado y que he disfrutado muchísimo. Una historia con la que he aprendido y que sin lugar a dudas volvería a leer de nuevo, sin embargo, me he quedado con la sensación de que me faltaba algo. Alguna carcajada, alguna lágrima, alguna sorpresa. No sé, algo. El problema de ir con las expectativas demasiado altas, supongo.

La lección de August es un libro maravilloso, con unos personajes súper redondos y trabajados, una escritura simple, preciosa y muy fácil de leer, y una historia cargada de lecciones que nos deberían enseñar a todos. Aunque me he quedado con la sensación de que me faltó algo, yo no dejaría de leerlo por eso. Seré yo, que soy muy tiquismiquis.

jueves, 15 de junio de 2017

Todas las hadas del reino, de Laura Gallego

Querida Laura: 

Como sé que un mago nunca revela sus secretos, no te voy a pedir que nos digas el truco para convertir cada una de tus novelas en una historia tan increíble y original. Solo quiero que sepas que estoy empezando a pensar que eres un ser de otro planeta. Del reino de las hadas, por ejemplo.


SINOPSIS
Camelia es un hada madrina que lleva trescientos años ayudando con gran eficacia a jóvenes doncellas y aspirantes a héroe para que alcancen sus propios finales felices. Su magia y su ingenio nunca le han fallado, pero todo empieza a complicarse cuando le encomiendan a Simón, un mozo de cuadra que necesita su ayuda desesperadamente. Camelia ha solucionado casos más difíciles; pero, por algún motivo, con Simón las cosas comienzan a torcerse de forma inexplicable…
OPINIÓN PERSONAL

Empecé este libro segura de que me iba a gustar. Como cada vez que leo un libro de Laura Gallego, acerté.

Generalmente suelo disfrutar de una novela por sus personajes o por su historia; sin embargo, Todas las hadas del reino me ha enamorado por su ambientación. Con este libro, Laura nos lleva a un mundo de cuento, de hadas madrinas y de magia. A un lugar lleno de nobles caballeros, de princesas encerradas en torres, de dragones y de humanos encantados por malvadas brujas. Todo esto, cómo no, sin perder su toque original siempre presente. Cada página está llena de referencias a cuentos de esos que nos contaban cuando éramos pequeños, cada párrafo lleno de detalles.

"Los bastardos solo dan problemas. Puedes intentar hacerlos desaparecer discretamente, pero siempre se las arreglan para salir adelante, nadie sabe cómo. Y luego regresan cuando menos te lo esperas, se levantan en armas, organizan una revolución y se quedan con el trono por la fuerza, así que... ¿por que no hacer las cosas bien desde el principio?"

Y toda esta maravillosa ambientación acompañada de una historia increíble y nada típica que se lee en un santiamén debido a lo pequeños que son los capítulos y que lo de "Un capítulo más", "Un capítulo más", se alarga durante horas. (Por cierto, dato curioso, es la primera novela de Laura Gallego que no tiene 14 capítulos).

"La experiencia le decía que el exceso de información confundía a los humanos. Cuando sabían algo, ya empezaban a creer que lo sabían todo, y terminaban metiendo la pata más que cuando no sabían nada."

Los personajes, como no podía ser de otra forma, me han gustado muchísimo. Una de las cosas que más valoro de Laura Gallego es que todos sus personajes siempre están perfectamente definidos, aparezcan una vez, dos, o a lo largo de toda la novela. Creo que Orquídea ha sido mi favorito. Junto con Ren. Asteria también me ha gustado montón. Y todos los personajes en general.

"Felicia se recluyó en un silencio ofendido. En ocasiones, su muñeca favorita podía ser realmente irritante."

Sin embargo, este libro no lo he me disfrutado tanto como pensé que lo iba a disfrutar. Es decir, me lo he leído una vez y no le he encontrado ningún fallo. Y probablemente, si me lo leyera otras diez veces, tampoco lo haría. Pero, a pesar de eso, no siento que sea un libro que me haya tocado del todo al corazón: no he llegado a conectar bien con Camelia, la protagonista, y el final me ha resultado un poco abrupto.

Cuando leo, suelo ser bastante inexpresiva. No lloro, ni grito, ni hago ruidos salvo suspiros ocasionales cuando no encuentro una posición cómoda. Con este libro me he reído a carcajadas. De esas carcajadas altas que te hacen parecer un poco loca si las dejas salir cuando estás sola en tu habitación justo antes de irte a dormir mientras lees. De esas carcajadas. Y en más de una ocasión.

En conclusión, Todas las hadas del reino es un libro de Laura Gallego, así que no leértelo no es una opción. En esta ocasión, Laura nos transporta a un mundo de cuento, con una historia original y llena de guiños a las aventuras que nos contaban de pequeños antes de irnos a dormir, y con unos personajes diferentes y maravillosos que te enamorarán completamente.