martes, 13 de febrero de 2018

Everything, Everything, de Nicola Yoon

Everything, Everything es un libro de esos que te apetece leer cuando estás en la playa o en la terraza una tarde de verano, tienes mucho tiempo y necesitas una lectura ligera para llenarlo. De esos que te entretienen y te hacen sonreír. También es de esos libros sencillos que nos hacen el leer en otra lengua un poco menos complicado. 

Yo definitivamente no lo leí en uno de esos días calurosos y largos de vacaciones. Nevaba fuera y no paramos de hacer cosas. Pero eso de que fuera un novela sencilla hizo que leerla en inglés no fuera un problema.


SINOPSIS
My disease is as rare as it is famous. Basically, I’m allergic to the world. I don’t leave my house, have not left my house in seventeen years. The only people I ever see are my mom and my nurse, Carla.
But then one day, a moving truck arrives next door. I look out my window, and I see him. He’s tall, lean and wearing all black—black T-shirt, black jeans, black sneakers, and a black knit cap that covers his hair completely. He catches me looking and stares at me. I stare right back. His name is Olly.
Maybe we can’t predict the future, but we can predict some things. For example, I am certainly going to fall in love with Olly. It’s almost certainly going to be a disaster.
OPINIÓN PERSONAL

Para los que no entiendan inglés: Madeleine es una adolescente que no ha salido de su casa desde que tiene memoria. Padece una enfermedad cuyo resumen rápido y sencillo sería que es alérgica al mundo. Las únicas personas con las que tiene contacto son su madre y su enferemera. Un día, una nueva familia se muda a la casa vecina. Olly es parte de esa familia. Poco a poco, a través de mensajes y miradas por la ventana, Olly y Maddy se van conociendo. Y, poco a poco, se van enamorando.

"It's Christmastime, so maybe it's snowing outside, or maybe it just stopped snowing. This is a memory, so the details are a bit uncertain."

Una de las cosas que más me han gustado es la forma de escribir de Nicola Yoon. Tiene un estilo sencillo, rápido y fácil de leer, pero capaz de transmitir dolor, rabia o impotencia cuando es necesario. Es difícil escribir desde el punto de vista de alguien que no ha visto más allá de su ventana y que todo lo que conoce del mundo es de los libros que ha leído. Sin embargo, Nicola Yoon ha logrado trasmitir esa inocencia y curiosidad, sin hacer que Maddy parezca tonta en ningún momento, cosa que agradezco, porque no hay nada peor que una protagonista tonta. Todo eso siendo capaz de sacarnos una sonrisa en casi cada página, sobre todo con las conversaciones entre Olly y Maddy.

"Madeline: What color are your eyes?
Olly: blue
Madeline: Be more specific, please.
Olly: jesus. girls. ocean blue
Madeline: Atlantic or Pacific?
Olly: atlantic. What color are yours?
Madeline: Chocolate brown.
Olly: more specific please
Madeline: 75% cacao butter dark chocolate brown."

Los personajes son otro punto fuerte de Everything, Everything. Cada uno es diferente, con sus detalles y sus pinceladas. No hay muchos, pero todos son especiales. La relación entre Olly y Maddy me ha encantado. Una de las cosas que temía antes de leer este libro es que nos fuera a presentar un amor a primera vista, unos amantes desesperados por no poder abrazarse y dispuestos a morir a cambio de unas horas juntos. Para nada. Olly y Maddy se van conociendo poco a poco. Son divertidos, hablan de todo y se preocupan el uno por el otro. Se quieren, pero de una forma realista y dulce.

"I read once that, on average, we replace the majority of our cells every seven years. Even more amazing: We change the upper layers of our skin every two weeks. If all the cells in our body did this, we'd be immortal. But some of our cells, like the ones in our brains, don't renew. They age, and age us.
In two weeks my skin will have no memory of Olly's hand on mine, but my brain will remember. We can have immortality or the memory of touch. But we can't have both."

A lo largo de la novela, Maddy trata de encontrar la respuesta a si vale la pena arriesgarlo todo a cambio de vivir. Una reflexión interesante cuando la vemos desde su punto de vista, más extremo que el nuestro. Ella de verdad está arrisgándolo todo a cambio de vivir. Me ha recordado un poco a la frase que dijo Oscar Wilde: "Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo." Da qué pensar.

"Eventually the cloud cover grows too thick for to see much of anything. I relax into my seat and reread The Little Prince. And, just like every time I've read it before, the meaning changes."

Por último, el final. No me lo esperaba, y, aún ahora, después de haberle dado muchas vueltas, sigo sin estar segura de si me convenció del todo. Faltó algo.

Everything, Everything es un libro sencillo y fácil de leer, con unos personajes que nos roban el corazón y una relación tan dulce que nos hará desear enamorarnos. Ese tipo de novela que nos hará quedarnos muchos minutos seguidos acurrucados en el sillón, con una sonrisa dibujada en nuestro rostro durante casi todos esos minutos.

sábado, 27 de enero de 2018

Ahora como barritas energéticas

Antes de venir aquí hacía zumba dos veces a la semana y trampa en las clases de educación física. No es que fuera una genia engañando, creo que simplemente mi profesora entendía que el deporte no era lo mío, así que, cuando teníamos que hacer flexiones, yo me tiraba al suelo y fingía que lo intentaba. 

Llevo más de cinco meses en Estados Unidos. Los dos primeros los pasé yendo a soccer (fútbol) y a cross country (campo a través) casi todos los días. Levantándome temprano los fines de semana para ir a carreras, llevando barritas energéticas en la mochila e intentando comer mucha pasta para darle a mi cuerpo la energía que necesitaba (tampoco es que fuera a decirle que no a una excusa para comer pasta). 

Lo de soccer fue una casualidad del destino. Yo vine con la intención de apuntarme a deportes, porque me habían dicho que era algo casi necesario si quería volver a España caminando en vez de rodando. Y que ayudaba a la hora de hacer amigos. Pero si alguien me hubiera dicho que iba a apuntarme a un equipo de fútbol me habría reído en su cara. Y bien fuerte. Para que entiendas el motivo de mis carcajadas: estuve en fútbol cuando tenía seis años. El partido que jugamos para que lo vieran los padres lo pasé paseando de un lado a otro saludando como si fuera una princesa. El balón era algo que los otros niños perseguían y que yo no tenía ningún deseo de tocar. Durante los partidos de fútbol importantes, esos en los que mi casa se llenaba de amigos de mis padres que venían a verlos, yo no miraba la tele ni una sola vez. Al salón iba porque había papas fritas.

Pero resulta que estoy quedándome con una familia de acogida, que me acoge porque sí y sin recibir nada a cambio, y la hija de esta familia concreta (la que se convertiría en mi hermana americana) me preguntó por correo que si me gustaría apuntarme a soccer. Eran esos correos en los que intentaba ser hiper mega agradable e hiper mega interesante, porque era una familia que me iba a acoger un año sin recibir nada a cambio y necesitaba gustarles. Le dije que no, pero no fue una negativa muy convincente. Y ella me dijo que no pasaba nada por ser mala, que necesitaban gente, no buenos jugadores. Las ventajas de ir a un instituto pequeño.

Intenté practicar antes de marcharme. Mis amigos me compraron un balón naranja, y trataron de enseñarme en el campo, en la playa y en los ratos libres. Aprender, no aprendí mucho. Así que cuando llegué a Estados Unidos mis habilidades futbolísticas seguían brillando por su ausencia. Pero Mary tenía razón, en el equipo necesitaban gente. Se alegraron de tenerme. Intentaron enseñarme y resultó que no era tan terriblemente mala como pensaba (solo relativamente mala). Aprendí mucho, y lo disfruté aún más.

Cross country fue más un amor a primera vista. Era el deporte en el que tenía pensado participar. También me recibieron con los brazos abiertos. Resulta que necesitaban gente casi tanto como en soccer. En cross country tuve más oportunidades, mejoré rápido y conseguí cosas pequeñas de las que me siento orgullosa.

Me enamoré de ambos deportes. El día que jugamos nuestro último partido lloré, y mi madre americana nos compró helado, porque el helado lo cura todo. Nuestra última carrera fue un poco más alegre. Aunque a lo mejor sería más correcto decir que me enamoré de ambos equipos. Porque cuando jugaba al fútbol me lo pasaba bien, pero cuando cantaba a gritos en la guagua con mis compañeras, ganáramos o perdiéramos, era feliz.

Cuando acabaron los deportes de otoño empecé natación. Yo (ilusa de mí) pensaba que cross country y soccer eran duros. Un paseo comparado con natación. Durante la primera semana, semana en la que nos limitamos a entrenar fuera de la piscina, me dolía todo. Sentarme en el váter era toda una aventura: coger aire, apoyarme en las paredes de los lados e irme dejando caer lentamente. Reprimir una mueca y un gruñido. Cuando nos metimos en el agua pensé en dejarlo. No me lo planteé seriamente, porque en solo una semana ya me sentía parte de una pequeña familia, y porque yo no soy de las que dejan las cosas, y porque no quiero engordar excesivamente, pero empecé a entender por qué Michael Phelps desayuna más de lo que yo como en toda una semana.

No me rendí, seguí quedándome en el instituto dos horas y media más cada día, tendiendo mi bañador por las noches y usando lentillas de forma constante. Hasta que me disloqué el hombro. Tuve que dejar de nadar durante casi dos meses, aunque seguí yendo a los entrenamientos todos los días. Aquí es así. No puedes nadar, pero sigues formando parte del equipo. Y mientras podía meterme en el agua lo odiaba, pero cuando tuve que estar mirando cómo otros nadaban y se cansaban, lo eché de menos cada día. Eché de menos reírme mientras estirábamos, los cotilleos en los vestuarios y las quejas conjuntas. Pero sobre todo, eché de menos esa sensación recién descubierta que mi padrino intentó explicarme muchas veces. Estar cansada, agotada, no poder más. Y sentirte satisfecha por ello.

Estoy empezando a participar otra vez, poco a poco. Ahora lo valoro más, pero me canso lo mismo.

Así que esta soy yo, cinco meses después. La nueva Elena, la que conoce la sensación de no poder más, pero hace caso a Dory y sigue nadando (o corriendo, en su defecto) aunque le falten aire y fuerzas. La que sabe lo que es pertenecer a un equipo. La que ha aprendido a renunciar a levantarse tarde los sábados, porque esos días suelen ser de carrera o de competición. La que se lleva una manta a la guagua para dormir en el trayecto. La nueva Elena, la que entrena todos los días, y no se queja (demasiado) a la hora de hacer deporte. La que come barritas energéticas.

Sin embargo, hay cosas que Estados Unidos no puede cambiar. Cuando nos ponen a hacer flexiones en natación, sigo haciendo trampas. Aunque ahora por lo menos lo intento de verdad.






domingo, 31 de diciembre de 2017

12 campanadas

                                                                          foto por Tessa Rampersad, Unsplash

Recibí el 2017 en Italia, abrazada a mis padres y a mi hermana, comiendo smarties en vez de uvas. Lo despido en medio de Estados Unidos, sin smarties, sin uvas, a muchos kilómetros de mis padres y mi hermana.

Recibí el 2017 con un frío decente y soportable, de ese del que te proteges con un suéter gordito y un abrigo peludo. Lo despediré en medio de la nieve, a una temperatura negativa en Fahrenheit, envuelta en capas y capas de ropa cual muñeco michelín.

Recibí el 2017 casi a la vez que todos mis amigos, que toda mi familia, que todos aquellos que me mantuvieron en sus pensamientos a la hora de darle la bienvenida al nuevo año. Lo despido cinco horas después que todas las personas que conocía en ese momento, rodeada de gente cuyos nombres no me sabía hace 12 meses.

Recibí el 2017 con una 36 o 38 de pantalón (nunca me lo aprendí, solo me probaba los que pensaba que podían quedarme bien hasta que encontraba un vaquero en el que me veía decente). Lo despido con una talla más. O dos. Sigo sin tenerlo muy claro.

Recibí el 2017 sin haber visto un eclipse, sin haber probado un breadstick, sin haber ido en coche mientras un amigo de mi edad conducía, sin haber guardado mis libros en un taquilla, sin haberme puesto la mano en el corazón mirando a la bandera de Estados Unidos mientras sonaba el national anthem. Lo despido con todos esos recuerdos guardados en mi memoria.

Recibí el 2017 con mi lectura actual siendo Un maravilloso porvenir, un libro en español, como todos los libros que me había leído a lo largo de mi vida. Lo despido leyendo Everything, Everything, la tercera novela que leo en inglés. Cada vez uso menos el traductor.

Recibí el 2017 sin saber cocinarme la cena y con problemas para pelar una manzana. Lo despido siendo casi una experta en quitarle la piel a las frutas, y con la habilidad de hacer dos o tres recetas que tienen 0 dificultad sin quemar la cocina. Lo de no derretir boles estoy en proceso de aprenderlo.

Recibí el 2017 sabiendo que después de Reyes volvería al colegio al que había ido toda mi vida, con el uniforme que había llevado desde que tenía 3 años, con los amigos que han estado ahí desde entonces y con los que he ido conociendo por el camino. Lo despido sabiendo que nunca más daré clase en ese colegio. El uniforme lo conservo, para cuando me ponga nostálgica, y la mayoría de los amigos siguen ahí.

Recibí el 2017 pensando que odiaba el deporte. Lo despido sabiendo que estaba equivocada.

Recibí el 2017 sin haber visto nevar, imaginando lo mágico y especial que sería. Lo despido habiendo experimentado esa magia, y sin saber como explicar el sentimiento que se me coloca en el corazón cuando los copos caen del cielo y lo van cubriendo todo de blanco.

Recibí el 2017 rodeada de personas que quiero, de personas que me quieren y que me hacen feliz. Lo despido rodeada de nuevas personas que saben cómo hacerme reír, y sabiendo que las que no pueden darme un abrazo esta Nochevieja siguen estando a mi lado.

Recibí el 2017 con los brazos abiertos y una sonrisa, llena de ilusión y ganas de afrontar lo que sea que estuviese por venir. Recibo el 2018 con los brazos igual de abiertos, con mi sonrisa igual de grande, ilusionada y preparada. 12 meses y 12 campanadas después, eso sigue sin cambiar.

jueves, 28 de diciembre de 2017

La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

Llevaba un par de meses sin escribir. No sin escribir en el blog (que también, como es evidente), sino sin escribir en general. Este libro me ha devuelto las ganas. No hay nada más bonito que pueda hacer un libro como recordarte lo mucho que te gusta algo, y que provoque que vuelvas a hacerlo con la ilusión que te faltaba antes.


SINOPSIS
De vacaciones en la localidad bretona de Crozon, la joven editora Delphine y su marido escritor visitan una peculiar biblioteca que alberga los libros rechazados por las editoriales. Allí encuentran una obra maestra: Las últimas horas de una historia de amor, novela escrita por un tal Henri Pick, fallecido dos años antes. Pick regentaba una pizzería junto a su viuda Madeleine, y según ella nunca leyó un solo libro y mucho menos escribió nada que no fuera la lista de la compra. ¿Tenía el autor una vida secreta? Rodeado de un gran misterio, el libro triunfa en las librerías, provoca el boom editorial de los manuscritos rechazados y cambia el destino de muchas personas, como el de Jean-Michel Rouche, un obstinado crítico literario que duda de la versión oficial de los hechos, convencido de que se trata de un elaborado plan de marketing.
OPINIÓN PERSONAL

"Y ambos sabían que eso que estaban viviendo no sucedía nunca. O sucedía a veces en las vidas de los demás."

Lo que más me gustó de este libro es la forma en la que está escrito. La pluma de Foenkinos es sencilla, divertida, original y llena de ingenio. Cada ciertos párrafos, había una frase que me hacía sonreír y sacar mi subrayador amarillo y mi regla (porque sí, subrayo con regla. He dejado de ser tan perfeccionista como para querer mis libros intactos, pero me siguen poniendo enferma las líneas torcidas.).

"Aquel día diluviaba en Crozon. No se veía nada, podía haber estado en otro sitio cualquiera."

Otra cosa que me ha encantado es el ambiente, francés, hogareño y pueblerino; y la historia. Una idea original, crear una biblioteca para libros rechazados; y una casualidad del destino, que una editora encuentre una obra maestra entre todos esos manuscritos, provocan miles de consecuencias y cambian las vidas de muchos personajes, a los que vamos conociendo poco a poco. Foenkinos les va dando pinceladas delicadamente y sin prisa. Cada uno es diferente, con sus propias facetas e historias. Nos cuenta cosas sobre ellos que no son necesarias para la trama de la novela, pero esa es la magia de La biblioteca de los libros rechazados. Es un libro escrito de forma sencilla y llena de encanto, sobre las vidas ordinarias de unos franceses que cambian indirecta o directamente por el lanzamiento de un libro muy exitoso.

"Según iba envejeciendo, se percataba de que nadie pensaba ya que fuera capaz de tener sentido del humor. Claro, los viejos no pueden por menos de convertirse en unas personas lúgubres que no entienden nada ni son capaces del menor ingenio."

Y, por último, el final. El que no me esperaba para nada, el que me ha sorprendido y el que le ha dado un poco más de sentido a todo. El final perfecto.

En definitiva, La biblioteca de los libros rechazados es un libro cuya magia reside en su sencillez, su humor y su encanto, en sus personajes y en su ambiente. Un libro para esas personas que no sienten pasar el tiempo cuando se sumergen en las páginas de una historia, para aquellos que recorren con reverencia los pasillos de una biblioteca, y que se saben de memoria el olor del papel.

miércoles, 11 de octubre de 2017

En Estados Unidos las pastas de dientes son más grandes

El título es solamente una referencia a todas las cosas nuevas, diferentes y alucinantes que estoy viendo y descubriendo. Por ejemplo, pastas de dientes en las que podría meterme dentro. Bueno, en realidad ya no, porque estoy engordando. Eso que dicen de que los americanos comen hamburguesas y papas fritas y comida rápida todos los días está resultando ser verdad. También hacen muchísimo deporte. Así que a lo mejor no estoy engordando, solo ganando "masa muscular". Sea como sea, los pantalones me están empezando a quedar estrechos. Y me parece que tengo más papada. Con lo poco que me gusta a mí la papada.

Porque sí, estoy en Estados Unidos. Llevo aquí poco más de dos meses. Y no es que sea una chica súper hiper mega afortunada que está teniendo unas vacaciones asombrosamente largas. Soy una chica súper hiper mega afortunada, pero por una razón bien diferente. Me dieron la oportunidad de venir a estudiar un curso a Estados Unidos, y dije que sí. De eso es de lo que va la entrada de hoy. De por qué dije que sí. Lo voy a explicar sobre todo para mí, porque hay momentos duros en los que me lo pregunto. También lo voy a explicar para esos a los que se les está ofreciendo la oportunidad de saltar, pero que aún siguen dudando en el borde del acantilado. Yo salté. Volar está siendo una experiencia dolorosamente maravillosa. Cada día más maravillosa y menos dolorosa.

Cuando tenía 13 años y me imaginaba a mí misma en primero de Bachillerato me veía en un instituto de Gran Canaria, con algunos amigos de mi colegio de toda la vida que habrían elegido el mismo lugar que yo para estudiar los dos últimos años antes de la universidad. Me imaginaba despertándome cada día en mi cama de casa, almorzando con mis padres y viendo Castle con mi hermana en mi tiempo libre (o no, no me acuerdo si por esa época estábamos tan obsesionadas con Castle como lo estamos ahora). Lo que sí recuerdo es que nunca, nunca, nunca, a mi yo de 13 años se le pasó por la cabeza que estudiaría primero de Bachillerato en un instituto americano en medio de Indiana, que estaría 10 meses sin dormir en mi cama y muchas semanas almorzando sin mis padres. Muchas semanas sin ni siquiera verlos.

Sin embargo, aquí estoy, escribiendo en el sillón del salón de mi familia americana, después de haber jugado al escondite por el instituto vacío al lado de unas chicas de las que, hace apenas unas semanas, nunca había oído hablar.

Mi abuelo piensa que estoy un poco loca. Creo que mi yo de 13 años también lo pensaría. 

El año pasado fue un amigo mío el que vino a pasar un curso a Estados Unidos. Recuerdo el momento en el que me enteré de que iba a hacerlo. Esa tarde fui a hacer la compra con mi padre y, mientras buscábamos los yogures o alguna otra cosa, le dije: "Papá, papá, ¿sabes que Luis se va a ir un año a Estados Unidos?" Lo dije como si me pareciera algo súper guay y una oportunidad maravillosa, no como la auténtica locura que en realidad pensaba que era. Mi objetivo con aquella oración era empezar una conversación, no una aventura que cambiaría mi vida.

La respuesta de mi padre me dejó sorprendida: "¿Te gustaría ir a ti también?" Durante esa tarde en el supermercado discutimos los pros y los contras de dejar atrás todo lo que conoces durante un curso. Yo mantuve mi actitud de ay-Dios-mío-qué-cosa-tan-súper-guay-me-muero-de-ganas-por-largarme-durante-diez-meses-yo-sola-a-la-otra-punta-del-mundo (nótese el sarcasmo) durante toda la tarde. Sin embargo, en algún punto de la conversación, mi padre dijo algo que yo recordaría más adelante: "Si hay algo que me arrepiento de no haber hecho, es haber ido a vivir y estudiar un año a un país como es Estados Unidos.".

No sé en qué momento dejé de ver todo esto como una auténtica locura. No recuerdo en qué momento empezó a crecer en mí la semilla de la ilusión, cuándo empecé a plantearme la posibilidad de largarme diez meses yo sola a la otra punta del mundo, a verlo como algo realmente factible. Solo sé que llegó un punto en el que dejó de haber vuelta atrás. No tenía ni idea de si iba a ser capaz de sobrevivir, ni idea de si iba a ser el mejor año de mi vida que todos prometían (sigo sin saberlo). Pero tenía claro que no quería arrepentirme de no haberlo hecho. Hubo un momento en el que verme a mí misma estudiando primero Bachillerato en un instituto de Gran Canaria empezó a ser una opción cobarde.

Abuelo, no estoy loca. Te prometo que no. Bueno, en realidad sí. Estoy loca de ganas por crecer, aprender, descubrir cosas, conocer gente y todos esas cosas clichés que se dicen y que no por ser clichés dejan de ser reales.

Ha habido momentos duros en estas semanas. He llorado abrazada a mi almohada, o hablando con mamá por FaceTime. He sentido cómo se me rompía el corazón y he deseado la llegada de junio para poder volver a casa. Me he mirado al espejo y me he preguntado a mí misma que qué hago aquí, que por qué vine. Afortunadamente, cada una de esas veces, mi reflejo de rostro inundado de lágrimas ha encontrado mil respuestas posibles. Vine porque me dieron la oportunidad, porque quería hacerlo, porque va a ser la mejor experiencia de mi vida. Vine porque estoy loca, porque quiero aprender y reírme y conocer y crecer. Vine porque sí, porque era la opción valiente. Vine porque quiero soñar en inglés. Vine porque no me voy a ir para siempre, pero, si no venía, no vendría nunca. Vine por mil y un clichés. Vine porque, cuando a mi hijo se le presente una oportunidad así, no quiero decirle que lo haga porque a mí me habría gustado hacerlo, quiero decirle que lo haga porque yo lo hice, y porque se convirtió en la mejor experiencia de mi vida.

Y en estos días, en los que estar triste es cada vez más raro, cuando estoy riéndome con mi hermana americana, o cantando a gritos con las chicas de soccer, o atravesando la línea de meta con los pulmones pidiendo aire a gritos, es en esos momentos cuando sonrío y pienso: "Por esto, por esto vine.".

Pequeña aclaración: Sé que el final queda precioso y muy poético como está, pero quería aclarar algo. Cuando cruzo la línea de meta no sonrío. Solo me caigo al suelo, me odio a mí misma y pido agua. Sonrío después, cuando me siento orgullosa por lo conseguido. Dime tú a ver quién se va a poner a sonreír después de haber corrido cinco kilómetros sin parar lo más rápido posible. Bueno, hay una persona, el chico que siempre queda primero, que se corre los cinco kilómetros en un cuarto de hora y sin parar de sonreír, pero los del equipo de crosscountry no estamos del todo seguros de que sea humano.






Ganadoras de un concurso de lanzar huevos sin romperlos.
Lo nuestro es arte y lo demás son tonterías.
La entrada "En Estados Unidos las pastas de dientes son más grandes" es un post del blog Nata Sin Fresas

martes, 25 de julio de 2017

Cambio de look

Acciones el giratiempo. Remontémonos a julio de 2016. Por esas fechas aproximadas una niña muy parecida a mí estaba buscando un nombre para su futuro blog. Encontró el nombre perfecto: Nata sin fresas; y un pequeño problema: ese nombre ya estaba cogido. Finalmente se decidió por otro nombre que, aunque no perfecto, también le gustaba mucho: Tres almendros en flor. Pero, varios meses después, cuando el blog ya estaba creado y crecía poco a poco, los Reyes Magos, siempre cumpliendo deseos, quisieron regalarle a la niña el nombre perfecto. Por circunstancias de la vida, la niña muy parecida a mí tardó varios meses en rebautizar a su blog. Pero finalmente lo hizo. 

Bienvenido a Nata sin fresas, el mismo blog que Tres almendros en flor pero con un nombre mucho más bonito. Espero que te guste.

Con cariño,

Elena

P.D.: Como consecuencia del rebautizo, también tenemos una nueva dirección: natasinfresas.com. Pero no te preocupes, si eres de esas personas que van a la antigua y prefieren no cambiar, la otra dirección (tresalmendrosenflor.blogspot.com) también te traerá a este pequeño rinconcito.

P.D.2: Muchísimas gracias a mi querida Andrea Finita por hacer un dibujo tan bonito para el diseño del blog, y a mi hermana Ana, por hacer el título y conseguir que quedara tan bien. Y por aguantarme mientras lo hacíamos. Y porque como no la nombre se va a enfadar conmigo, y si se enfada conmigo no me ayudará la próxima vez que tenga que rebautizar un blog. Y no queremos eso.

domingo, 9 de julio de 2017

La lección de August, de R.J. Palacio


SINOPSIS
Su cara lo hace distinto y él solo quiere ser uno más. Camina siempre mirando al suelo, la cabeza gacha y el flequillo tratando en vano de esconder su rostro, pero, aun así, es objeto de miradas furtivas, susurros ahogados y codazos de asombro. August sale poco, su vida transcurre entre las acogedoras paredes de su casa, entre la compañía de su familia, su perra Daisy y las increíbles historias de La guerra de las galaxias.
Este año todo va a cambiar, porque este año va a ir, por primera vez, a la escuela. Allí aprenderá la lección más importante de su vida, la que no se enseña en las aulas ni en los libros de texto: crecer en la adversidad, aceptarse tal y como es, sonreír a los días grises y saber que, al final, siempre encontrará una mano amiga.
OPINIÓN PERSONAL

Había oído maravillas de este libro. Desde luego, es una novela increíble. Pero no me he enamorado tanto de ella como había oído que iba a hacerlo.

"Me eché a reír, pero no porque pensase que fuera tan gracioso, sino porque no me apetecía seguir enfadado."

La lección de August tiene unos personajes alucinantes. No hay uno solo, en toda la novela, por muy secundario y poco importante que parezca, que no nos haga sentir un rastro de cariño o de rabia. Todos están perfectamente trazados, con sus historias, sus manías y sus peculiaridades. El hecho de que la novela esté contada por varios personajes nos permite conocerlos a todos un poco mejor. Por ejemplo, a August le conocemos por cómo nos cuenta las cosas, pero cuando llega el momento de que hable Via, esto también nos permite conocer a August, porque vemos cómo le ve Via, y así con todos. 

"Lo creáis o no, a la gente le impresionaba mucho menos ver a un niño con un casco de astronauta que verme la cara."

La forma de escribir de la autora (porque es una autora, no un autor, cosa que no descubrí hasta llevar más de la mitad del libro) me ha encantado. Es simple, dulce y original a la vez, y aunque no esté pasando nada importante, solo con la manera de contar las cosas ya te engancha. Por cierto, este libro tiene uno de mis primeros capítulos favoritos (es que esta mujer escribe muy bien).

"Ojalá pudiera ser Halloween todos los días. Todos podríamos llevar máscaras siempre. Podríamos pasearnos por ahí y conocernos antes de ver qué aspecto tenemos debajo de la máscara."

Por último la historia. Es una historia diferente, dura pero preciosa, extraordinaria pero real. Una historia que creo que todos necesitamos escuchar. Esta es la clase de libro que deberían hacer leer en los colegios, porque a todo el mundo le encantaría y cada uno de los alumnos acabaría siendo un poquito mejor persona.  

"No dejo que me afecte. Es como cuando sales a la calle y está chispeando. Cuando chispea no te pones las botas de agua. Ni siquiera abres el paraguas. Caminas bajo la lluvia y apenas te das cuenta de que se te está mojando el pelo."

Entonces, ¿qué es lo que no me ha convencido del todo? Pues que no me ha emocionado todo lo que pensaba que lo iba a hacer. Es un libro maravilloso, que me ha encantado y que he disfrutado muchísimo. Una historia con la que he aprendido y que sin lugar a dudas volvería a leer de nuevo, sin embargo, me he quedado con la sensación de que me faltaba algo. Alguna carcajada, alguna lágrima, alguna sorpresa. No sé, algo. El problema de ir con las expectativas demasiado altas, supongo.

La lección de August es un libro maravilloso, con unos personajes súper redondos y trabajados, una escritura simple, preciosa y muy fácil de leer, y una historia cargada de lecciones que nos deberían enseñar a todos. Aunque me he quedado con la sensación de que me faltó algo, yo no dejaría de leerlo por eso. Seré yo, que soy muy tiquismiquis.