jueves, 19 de marzo de 2020

Día 8 de cuarentena: A grito pelado en la terraza

Llevo viviendo siete meses en Madrid. En todo ese tiempo, he hecho videollamada con mis mejores amigas una vez. Dos como mucho. Hablamos, sí, pero de vez en cuando y a ratos. Siempre con prisas. Nos contamos las cosas importantes, nos deseamos suerte para los exámenes, pero no nos pegamos una tarde entera hablando por teléfono, riéndonos de chorradas. Es difícil coincidir. Nunca hay tiempo.

En esta cuarentena, que ha durado apenas ocho días (parecen más, lo sé), ya nos hemos llamado, y hemos escrito más por el grupo de whatsapp que en todo el último mes.

Con los de Madrid me pasé todo el domingo al teléfono, con personas diferentes a ratos. Y el martes, antes de ver una peli con mi familia, me uní a la videollamada de mi grupo brevemente. Solo porque echaba de menos sus caras, y porque me apetecía darles las buenas noches. Con mis abuelos hablamos todos los días. Hoy, por el día del padre, hemos comido juntos. Ellos desde su mesa y nosotros desde la nuestra. El FaceTime, que hace maravillas. 

Hemos llamado a amigos de mis padres que me preguntaron que qué tal me iba la carrera, porque desde que empezó el curso no habíamos podido hablar. El estar todos confinados en casa sin mucho que hacer nos ha dado la excusa perfecta para retomar el contacto. Estos días he tenido conversaciones por whatsapp con gente de la que no sabía nada desde hace meses. Y lo bien que ha sentado.

Cuando pienso en todo eso, se me llena el corazón de ilusión. Porque estamos viviendo un momento en el que se nos ha pedido que nos aislemos de la sociedad, del resto del mundo, y nosotros hemos decidido aprovecharlo para encontrar otras maneras de seguir conectados. 

Ya no podemos irnos de discoteca, pero en los balcones de Italia pusieron música a tope y bailaron todos juntos como si no hubiera un mañana (a mi urbanización todavía no ha llegado semejante nivel de fantasía). Ya no se puede ir a los gimnasios, ni a hacer deporte juntos, pero en un edificio aleatorio un profesor dio una clase de pilates en el patio y todos los inquilinos la repitieron desde sus terrazas. En la calle de una amiga jugaron al Veo, veo. En la de otra, se pegaron media hora cantando Hola, don Pepito. Los vecinos, esos extraños al lado de los que hemos vivido todos estos años, se están convirtiendo en conocidos, en amigos, en compañeros de cuarentena.

Y, cada día, a las siete en Canarias, salimos a los balcones, terrazas y ventanas a aplaudir a los sanitarios. A gritar, tocar las trompetas, hacer ruido. En El Hierro, a su manera; a tocar pitos, chácaras y tambores, para oírse unos a otros desde las casas dispersas. Una forma de dar las gracias, pero también una forma de unirnos, de saber que no estamos solos en esto. Cada día a las siete cantamos Resistiré en nuestras terrazas. Porque resistiremos. Todos juntos, claro que lo haremos.

Mi profesora de Genética empezó la videoconferencia de hoy diciéndonos que, cada clase, comenzaríamos la sesión con dos personas dando un mensaje positivo. Rosa, aquí te dejo mi mensaje de hoy: me encanta que este momento en el que se nos ha obligado a pararnos, lo hayamos aprovechado para reencontrarnos con todos aquellos a los que teníamos olvidados, y para conocer y unirnos a esos en los que nunca nos habíamos fijado.

Y qué bonito es que, este aislamiento, más que alejarnos, nos esté acercando.

                                                                                  foto por Daniel Tafjord, Unsplash

martes, 17 de marzo de 2020

Día 6 de cuarentena: Una semana y un día

Pues creo que mis padres tienen razón, y que estos quince días en los que no podemos salir de casa, que probablemente acaben siendo más de quince días, son el momento perfecto para darle un poco de vida a mi pobre blog abandonado. Este diario de cuarentena que voy a empezar será, además de una forma de entretenimiento, una manera de recopilar esta simulación en la que se ha convertido nuestra vida. Cuando este momento pase a los libros de historia (porque pasará a los libros de historia), esto será como una especie de Diario de Ana Frank menos duro, peor escrito, y con menos éxito.

Pongámonos en situación: hace una semana y un día yo estaba en Madrid. Un lunes como otro cualquiera. Tuve un examen, que, para mi sorpresa, me salió mejor de lo esperado. Después decidí concederme todo el día para mí, y dedicarme a hacer esas cosas que no se pueden hacer cuando se está estudiando para un examen. Así que fui a tomar algo con la gente de clase antes de comer. Estuve haciendo un trabajo de clase en la terraza con una amiga, en pantalones cortos para ponernos morenas, porque hacía un día precioso y un sol de esos que calientan de verdad, casi como en verano. Por la tarde fuimos a dar una vuelta por Malasaña: nos metimos en una librería, vimos el escenario en Callao del concierto de Morat que acababa de terminar, y probamos unos gofres estupendos, maravillosos y un poco caros de Chueca.

Hace una semana y un día, yo estaba viviendo un lunes sin más. Un día cualquiera. Tenía mis planes futuros: el martes empezaría a estudiar para el examen de Embriología, el fin de semana me iría a Granada con el colegio mayor, la semana siguiente seguiría estudiando, el jueves haría el examen, descansaría por la tarde, y el viernes comenzaría a estudiar para el siguiente. Todo como siempre. Igual que los anteriores seis meses e igual que los próximos tres.

Fue en una tienda aleatoria de segunda mano de Malasaña donde empezó la locura. Cuando encendimos el móvil, teníamos cinco mil mensajes del grupo de Medicina. Se suspendían las clases en Madrid hasta el 26 de marzo. Nos llamaron nuestros padres, casi como en sincronización. Mi madre me dijo que ya me había sacado un billete para el miércoles. Mi contestación: "Pero mamá, si yo el fin de semana me voy a Granada". Qué ingenua.

Después de eso, la situación de surrealismo solo aumentó. En el colegio mayor nos reunieron esa noche por plantas para informarnos de que, por el momento, el colegio seguiría abierto, aunque todos éramos libres de irnos a casa si así lo deseábamos. Evidentemente se suspendía el viaje a Granada. 

En un primer momento casi todos teníamos la intención de quedarnos, por esto de no llevar el virus a casa. En nuestra mente, nos esperaban dos semanas de fiesta y diversión en el colegio mayor. La gente se fue a por provisiones de cerveza, que no papel higiénico, y los 15 días que nos quedaban por delante prometían.

Pocos padres estaban de acuerdo. Poco a poco, el colegio se fue vaciando. En el comedor pusieron turnos para comer, y nos sentábamos en zig zag, para que si estornudábamos no se nos cayera encima el coronavirus del de enfrente. En aquellos momentos, yo todavía seguía esperando a que alguien señalara la cámara escondida y nos dijera que todo era un experimento social a lo El show de Truman, y que ya podíamos volver a la normalidad.

La vuelta a casa fue tranquila. En el aeropuerto casi vacío todo parecía normal. Solo se veían pequeños grupitos de gente con mascarilla aquí y allá. De vez en cuando se oía la palabra coronavirus en el ambiente. Poco más.

Yo llegué a Gran Canaria con la ilusión de ir mucho a la playa y volver como si hubiera pasado un verano exprés: morena y sin ojeras. Con la intención de ver a mis amigos en sus ratos libres, porque ellos seguían teniendo clase. De hacer caminatas con mi familia, ir a comer con mis abuelos una vez estuviera segura de que no había contraído el virus.

Pero el miércoles llegué de Madrid, me metí en mi casa, y no he vuelto a salir desde entonces. Al principio porque mis padres me dijeron de esperar unos días para asegurarnos de que no estaba contagiada. Ahora, a esta razón se le suma también el estado de alarma, que no te deja salir a no ser que sea para ir sacar al perro, ir a comprar comida o ir a hacerte unas mechas a la peluquería. Todavía no han pasado mis 15 días de cuarentena y, tampoco tenemos perro, así que aquí sigo.

Estos días he dormido bastante. Creo que la parte de "no ojeras" sí voy a conseguirla. También he aprovechado para hacer cosas que llevaba mucho tiempo diciendo que haría (como escribir en el blog, jeje). Hemos jugado a juegos de mesa, dado clases de salsa y bachata en el salón, visto películas y capítulos de Friends, y hecho videollamada con personas varias. 

La parte de dar las asignaturas de manera no presencial está resultando toda una aventura. Hoy he tenido mi primera clase por videoconferencia y ha sido, cuanto menos, una experiencia divertida. El momento en el que los hijos de mi profesora han empezado a chillar y pelearse por detrás, y ella se ha dado la vuelta para decirles que se callaran porque les estaban oyendo 80 personas ha sido, sin lugar a dudas, la mejor parte de mi día.

Nadie diría que ese lunes cualquiera que pasamos en la calle, entre personas que no eran nuestra familia directa, con un tema de conversación diferente al del coronavirus, fue hace tan solo una semana y un día. En qué momento se ha convertido nuestra vida en semejante simulación.

Me despido con una foto de la lasaña que hicimos mi padre y yo el otro día, para hacerles la cuarentena un poco más amena. Nos vemos pronto.

domingo, 28 de julio de 2019

Espejo

Hace mucho tiempo participé en un reto que consistía en definir una palabra de uso cotidiano dotándola de significado propio. La palabra escogida fue espejo, y el resultado fue una pequeña historia que por algún motivo que ahora desconozco nunca llegué a publicar. La encontré ayer, en uno de esos días en los que se hace limpieza de los documentos esparcidos por el ordenador y descubres cosas que ni te acordabas que en algún momento habían ocupado tus pensamientos.

                                                                                                                        foto por Taylor Smith, Unsplash

espejo

Del lat. specûlum 

7. m. Objeto peligroso y aterrador que se encuentra en mi cuarto de baño, justo a la derecha, a un ángulo de 47 grados desde la ducha. Y en la entrada de casa, en frente de la puerta, directamente debajo del reloj. También en el cuarto de mis padres, de cuerpo entero, dentro del vestidor. Hay dos fuera del coche, uno a cada lado, y otro dentro, entre el asiento del conductor y el copiloto. El diccionario afirma que refleja la imagen que tiene delante, pero el médico me dijo que no era mi reflejo real lo que yo veía en el cristal. Cuando lo veía, porque me pasaba la vida evitándolos. Nunca miraba a la derecha en el baño, ni hacia delante al llegar a casa. Al cuarto de mis padres hacía tiempo que no entraba. 

El médico me ha pedido que deje de huir de ellos, dice que ahora soy un poco más fuerte. Parecen haberse ido arreglando poco a poco, porque cuando me atreví a enfrentarme a mi reflejo, descubrí que mis mejillas redondas habían desaparecido. En su lugar encontré unos pómulos demasiado marcados, sobre un cuello junto a unas clavículas excesivamente salidas. Lo que vi no fue a una adolescente de muslos redondeados, sino a una chica huesuda y lacrimosa, aferrada a una mujer aún más llorosa, cansada y con los ojos cerrados. Mi madre no se percató de mi cara de sorpresa, porque ella era la de los ojos cerrados. 

Sigo evitando a los espejos. Ya no me avergüenzo de mis gruesos muslos y mis dedos rechonchos. Me avergüenzo de lo que ven todos los demás. Una chica demasiado flaca que no se supo querer lo suficiente.

domingo, 7 de abril de 2019

Una estrella en mi jardín, de Wendy Davies

Una estrella en mi jardín está lleno de magia, lleno de sueños, locuras y amor. Es uno de esos libros que te da pena acabar. Una de esas novelas que te hacen darte cuenta que las letras son también una forma de arte. 

Me lo acabé hace ya unas semanas, y ahora que me siento a escribir la reseña, lo recuerdo. Y se me llena el corazón de esa mezcla de cariño y añoranza que sentimos cuando rememoramos algo que en su momento nos hizo felices.


SINOPSIS
Algunos dicen que el miedo no es real, otros que la locura no puede ser lógica y luego están los que se atreven a asegurar que una estrella no puede vivir en un jardín.  
Claro que ellos no conocen a Alicia Little, una chica que tiene fobia a la gente y que vive escondida en casa de su abuelo hasta que una historia, una estrella, un armario y un nuevo vecino cambian su pequeño mundo de mentiras y la retan a vivir en el mundo real. Charlie le enseñará a fotografiar quizás a través de sus dibujos, a creer en seis imposibles antes del desayuno y cómo una persona puede hacerte sentir diminuta o gigante en el tiempo que tarda en caer al suelo un bote de mermelada, incluso cuando el miedo se empeña en hacerte invisible.  
¿Podrá Alicia amar algo que teme? ¿Será la curiosidad más grande que el miedo? 
Pierde el miedo y déjate seducir por este homenaje a Alicia en el País de las Maravillas cargado de quizás, pero cuidado; al miedo le encanta robar sueños.
OPINIÓN PERSONAL

La historia de amor entre Alicia y Charlie es una de las más bonitas que he leído nunca. Alicia es la locura, la ingenuidad, las ganas de vivir. Y Charlie es su salvavidas, su cordura, sus ganas de enseñarle el mundo. Su persona. A lo largo de los capítulos, vemos cómo se van conociendo y se van enamorando. Vivimos a su lado momentos que nos roban una sonrisa, y miradas que hacen que sintamos que no deberíamos estar siendo testigos de algo tan íntimo y especial. Es una historia de amor llena de imposibles y originalidad, pero tan real, tan única, que te deja sin aliento.

"Alicia era de esa clase de personas que pensaban que un dibujo podía estar solo y sentían pena por él. Charlie era de la clase de personas que pensaban que un dibujo podía hacer compañía a una pared solitaria y sentían alegría por los dos."

Y todo esto ocurre en un entorno cuidado hasta el más mínimo detalle y escrito con el más profundo cariño. Una vez más, las autoras han sabido recrear la historia a la que homenajean incluso en las cosas más simples. En los personajes encontramos al conejo de Alicia, al Sombrerero, a la Reina de Corazones. Cada uno, único y especial, nos roba el corazón de una manera diferente. Y es casi como un juego: ir labrando tu camino a lo largo de la novela e ir encontrando detalles, símbolos, escondidos entre las frases. 

"Le resultó curioso, realmente parecía como si alguien hubiera plantado allí una semilla de sofá y este hubiera brotado, creyéndose flor. Qué sofá más tonto, no sabía que los sofás no nacían de semillas, y precisamente al desconocer que no podía crecer de la tierra, creció."

Las autoras no han perdido tampoco esa forma de escribir que parece un poco como poesía sin versos. Esa forma de construir la historia y que todo cuadre, no dejar nada a la suerte. 

"No se le daban bien los animales. Una vez tuvo un pez que murió ahogado; se quedó flotando sobre la pecera, inerte. Y Charlie comprendió que ni él podía tener animales ni su pez sabía nadar."

Y, además, Una estrella en mi jardín viene con un regalo incluido. Porque, aunque en menos ocasiones de las que me gustaría, Wendy Davies nos da la oportunidad de reencontrarnos con los personajes de Recuerda que me quieres a los que tanto echábamos de menos. Como trasfondo de la historia de amor de Alicia y Charlie conocemos qué fue lo que pasó en esas partes que no vimos en la primera novela. El libro no es una continuación del otro, pero es bonito. Es bonito ver cómo encaja todo. Casi como si fuera un universo particular creado por las autoras, y nosotros unos meros espectadores invitados a disfrutarlo.

"Los niños eran más felices cuando esperaban la llegada de Papá Noel que cuando este ya había dejado diligentemente los regalos bajo el árbol. Una vez que los regalos se encontraban allí, la magia desaparecía con la espera. Alicia creía fervientemente que la felicidad se encontraba escondida en los momentos en los que estamos intentando alcanzarla."

En conclusión, con Una estrella en mi jardín, Wendy Davies nos trae una historia de amor preciosa, divertida, dulce y especial, rodeada de unos personajes que se convierten en tus amigos a lo largo de las páginas. Nos la hace llegar con una pluma que desprende magia y la convierte en la novela perfecta para acurrucarse en el sillón y disfrutar de lo bonitas que son las historias bien contadas.

lunes, 7 de enero de 2019

The Truth About the Harry Quebert Affair, de Joël Dicker

Me encanta obsesionarme con un libro. Quedarme leyéndolo hasta las tantas, pensar en él durante el día. Esas ganas de que llegue el momento de ir a la cama, y tumbarme, sumergirme en sus páginas.  Hacía tiempo que no me pasaba. Lo empezaba a echar de menos.

Y entonces llegó The Truth About the Harry Quebert Affair.


SINOPSIS
August 30, 1975. The day of the disappearance. The day Somerset, New Hampshire, lost its innocence.  
That summer, struggling author Harry Quebert fell in love with fifteen-year-old Nola Kellergan. Thirty-three years later, her body is dug up from his yard, along with a manuscript copy of the novel that secured his lasting fame. Quebert is the only suspect.
Marcus Goldman--Quebert's most gifted protégé--throws off his writer's block to clear his mentor's name. Solving the case and penning a new bestseller soon merge into one. As his book begins to take on a life of its own, the nation is gripped by the mystery of "The Girl Who Touched the Heart of America." 
But with Nola, in death as in life, nothing is ever as it seems.
OPINIÓN PERSONAL

La historia que nos presenta Joël Dicker es una historia entretenídisima. La comienzas, y empiezan a pasar cosas. La continúas, y siguen pasando cosas. Y la terminas, y te asombras de toda las cosas que han pasado en las últimas 600 páginas. Porque sí, The Truth About the Harry Quebert Affair es uno de esos libros gordos que se te acaban en un santiamén. 

"You know, you have lots of potential, but essentially, what I read was bad. Very bad, in fact. Utterly worthless. And the same is true for all the other stories by you I've been able to read in the magazine. It's criminal, cutting down trees to print crap like that. There just aren't enough forests for the number of bad writers in this country. Something must be done."

En la novela, pasado y presente se van intercalando. Por un lado, el escritor nos cuenta la historia de Harry y Nola. Por otro, la de cómo Harry conoce a Marcus y la amistad que nace entre ellos. Todo esto unido por la investigación que está llevando a cabo Marcus en la actualidad, decidido a demostrar que su amigo de toda la vida no es ningún criminal, mediante el libro que planea escribir contando lo que realmente pasó la noche del 30 de agosto de 1975.

Todas estas historias están contadas con una pluma exquisita. Divertida, original, concisa, amena. Y los personajes que nos acompañan no podían ser menos. A todos, poco a poco, mediante interrogaciones y sucesos, los vamos conociendo. Y algunos nos caen mejor y otros peor, pero todos tienen ese algo que los hace reales y suyos. Mis favoritos, sin lugar a dudas, la madre de Marcus y el padre de Jenny. A su manera, cada uno consiguió sacarme más de una sonrisa.

"There was no Mrs Harry Quebert. There was no Quebert family. There was only Quebert. Just Harry. A man who was so bored at home that he became friends with one of his students. I truly understood this when I saw his fridge."

La única pega que quizás le pondría a esta novela, como a muchas otras de este estilo, es lo poco realista que parece que, treinta y tres años después, todos y cada uno de los involucrados se acuerden exactamente de lo sucedido. Es más, en ocasiones, en las partes en las que alguno de los personajes estaba contando su versión de los hechos, aparecían fragmentos describiendo acciones que habían realizado otras personas, y de las cuales los personajes que narran no podrían haberse enterado. Sin embargo, no me importó mucho. De alguna forma había que resolver el asesinato.

""What do cops usually do at times like this?"
"They drink. What about writers?"
"They drink.""

El final fue sorprendente y un poco agridulce, más dulce que agrio. No veía venir la resolución del misterio, y me encanta cuando las respuestas llevan todo el libro escondidas y después hacen click de repente. Y esa sorpresa final, la más inesperada. También adoro las sorpresas inesperadas. Fue un buen libro, lo sé, porque como bien le explica Harry a Marcus, un buen libro es aquel que te da pena haber acabado.

"A good book, Marcus, is judged not by its last words but by the cumulative effect of all the words that have preceded them. About half a second after finishing your book, after reading the very last word, the reader should be overwhelmed by a particular feeling. For a moment he should think only of what he has just read; he should look at the cover and smile a little sadly because he is already missing all the characters. A good book, Marcus, is a book you are sorry to have finished."

En definitiva, The Truth About the Harry Quebert Affair es un libro que lo tiene todo: personajes a los que les cogerás cariño, una historia que te atrapará desde el principio y una forma de escribir original y divertida. Diría que es el regalo perfecto para estas navidades, pero, desgraciadamente, ya pasaron. En fin, si se acerca algún cumpleaños especial, es un libro a tener en cuenta.

domingo, 21 de octubre de 2018

Nineteen Minutes, de Jodi Picoult

Jodi Picoult me robó el corazón la primera vez que la leí. Todo lo que quería hacer al acabarme The Pact era descubrir más Jodi Picoult. Escogí Nineteen Minutes tras una cuidadosa selección entre todos sus libros. Lo comencé llena de expectativas. Y me estampé contra el suelo.


SINOPSIS
After years of cruel bullying from his classmates, Peter Houghton snaps one morning, and in nineteen minutes, ten residents of the town of Sterling are dead. When the case goes to trial, the reeling town is determined to seek justice for the innocents Peter killed.
But as the trial unfolds, Peter's testimony casts light on the terrible role the residents of Sterling have played in turning a sweet, loving boy into a killer, and it isn't long before Sterling's illusions of innocence find themselves shattered forever...
OPINIÓN PERSONAL

Lo que más me enamoró de Jodi Picoult cuando la conocí fueron sus personajes, y es eso principalmente lo que me ha fallado en Nineteen Minutes. En toda la novela, no hay ni uno solo que me caiga bien, con la excepción de Patrick. Aunque bien construidos, no soportaba a la mayoría, y los demás estaban ahí. Ni me iban ni me venían. Solo me molestaban la mayoría de sus acciones.

"When he walked around the perimeter of a vandalized barn or found the stolen car stripped down and dumped in the woods or handed the tissue to the sobbing girl who'd been date-raped, Patrick couldn't help but feel that he was too late. He was a detective, but he didn't detect anything. It fell into his lap, already broken, every time."

El ritmo sigue siendo bastante parecido al de The Pact. No se trata de un libro lleno de acción y sucesos inesperados, sino que cuenta el día a día, poco a poco y sin prisas. Esto fue algo que me encantó en la primera novela que leí de ella, sin embargo, en esta se me ha hecho cuesta arriba. No llega a ser pesado, pero sí aburrido en muchas ocasiones.

"Lacy combed through her memories for some red flag, some conversation she might have misread, something overlooked, but all she could recall were a thousand ordinary moments.
A thousand ordinary moments that some mothers would never get to have again with their own children."

Algunas partes de la historia tampoco me parecieron creíbles, y el final fue otra de las numerosas decepciones. Aunque ese último giro en la trama fue totalmente inesperado, me dio la sensación de que no se le consiguió sacar el jugo. Es decir, Jodi Picoult llega, nos sorprende con algo que llevaba todo el libro guardándose bajo la manga, y después coge y acaba la historia. Ni relata qué sucede a raíz de ahí, sin contar una frase en el epílogo, ni explica por qué lo que sucedió lo hizo. Simplemente lo cuenta y deja de escribir.

"The world was different when there was no one in it."

Lo único que sí me ha gustado de este libro es el tema que trata. Fue uno de los motivos por los que lo elegí, ya que todo el asunto de los tiroteos en los colegios me llama la atención, y no es algo de lo que haya leído. Me pareció interesante leer sobre el suceso, aunque ficticio, y después descubrir sobre qué se hace en estos casos, así como qué es lo que llevó a la persona a llegar una mañana y disparar a sus compañeros.

Nineteen Minutes es un libro con personajes bien construidos aunque no muy de mi agrado, bien escrito pero con una trama un tanto aburrida, y un final que deja bastante que desear. En definitiva, hay otros peces en el mar.

miércoles, 22 de agosto de 2018

The Pact, de Jodi Picoult

SINOPSIS 
Until the phone calls came at three o'clock on a November morning, the Golds and their neighbors, the Hartes, had been inseparable. It was no surprise to anyone when their teenage children, Chris and Emily, began showing signs that their relationship was moving beyond that of lifelong friends. But now seventeen-year-old Emily is dead--shot with a gun her beloved and devoted Chris pilfered from his father's cabinet as part of an apparent suicide pact--leaving two devastated families stranded in the dark and dense predawn, desperate for answers about an unthinkable act and the children they never really knew.
From New York Times bestselling author Jodi Picoult--one of the most powerful writers in contemporary fiction--comes a riveting, timely, heartbreaking, and terrifying novel of families in anguish and friendships ripped apart by inconceivable violence.
OPINIÓN PERSONAL

The Pact es probablemente uno de los libros mejores construidos que me he leído nunca. Tardé bastante en hacerlo, pasé las páginas con calma y disfruté de cada segundo.

"They complemented each other. It was not unlike the mixture of oil and vinegar--neither of which one wanted alone on one's salda, but which together seemed such a natural twosome it was easy to believe they'd been made with each other in mind."

La historia va saltando entre el momento presente y pasado. Por una parte, conocemos los comienzos de la relación de Emily y Chris, su avance a medida que ellos crecen. Por la otra, nos encontramos después de la muerte de Emily. El dolor de ambas familias y el intento por tratar de descubrir qué pasó de verdad. No suele gustarme mucho el uso de estos saltos en el tiempo, me gustan más las historias que se cuentan de forma continua, con comienzo y final. Sin embargo, en este caso, está tan bien hecho, tan bien hilado, que no se me han liado los escenarios en ningún momento. Disfrutaba de cada una de las partes, y esperaba la parte siguiente con las mismas ganas que había esperado la anterior.

"'She was, you know, all the things I wasn't, and I was all the things she wasn't. She could paint circles around anyone; I can't even draw a straight line. She was never into sports; I've always been.' Chris lifted his outstretched palm and curled his fingers. 'Her hand,' he said. 'It fit mine.'"

Los personajes son otro de los puntos fuertes de la novela. Pocas veces he visto a unos personajes tan, tan bien construidos. No solo los protagonistas, sino cada uno de los ellos, que no son pocos. Siento que los conozco. De verdad. Jodi Picoult tiene esta pluma maravillosa en la que cuenta los detalles más simples y cotidianos manteniéndote enganchado. Las breves conversaciones, las pequeñas situaciones que lees y disfrutas. Y casi sin que te des cuenta, sientes que los personajes a los que les está sucediendo todo esto son esos amigos que llevan a tu lado toda la vida.

"S. Barrett Delaney had spent most of her adult life trying to live down the fact that she was a lawyer named Sue."

El ritmo de la historia es bastante lento, pero nunca llega a hacerse pesado. No es una novela de acción. La autora escribe un libro cuyos acontecimientos transcurren poco a poco y sin prisa, con sorpresas que no esperabas y con la capacidad de mantenerte entretenido con cosas que nos podrían pasar a todos.

"There was a universal tono of voice for a boy who had just realized he was not invincible, who understood how slowly time could pass."

Por último, lo que menos me gustó del libro fue, sin duda, el final. No tanto porque no me gustara como final, sino porque lo maravilloso de esta historia es lo bien construida que está, lo realista de los hechos, lo cercana que se hace al conocer tan bien a sus protagonistas y ser tan real. Los últimos capítulos fueron subiendo en intensidad poco a poco, a un ritmo rápido que te mantenía enganchada. Y después llegó la última página y esa sensación de realidad se desvaneció un poco en el aire. 

The Pact es un libro que cuenta una historia perfectamente hilada y construida, que transcurre sin apuros y que logra que mantengas siempre las ganas de leer. Con unos personajes tan reales que sientes que los conoces, y con una forma de escribir simple y especial al mismo tiempo. La novela perfecta para leer durante el invierno, acurrucado en una mantita, o en verano, bajo el sol y sobre la arena caliente. Simplemente, un libro que disfrutarás. Sea cuando sea.