jueves, 30 de abril de 2020

Día 50 de cuarentena: Cuando se convierte en rutina

Cuando todo esto empezó, sentía que estaba viviendo en un reality show. Que en cualquier momento alguien me iba a señalar la cámara escondida y me iba a decir que todo era una prueba para ver como la humanidad reaccionaba ante una pandemia mundial. Al principio de todo, en los momentos entre clases virtuales y juegos de mesa, miraba mi vida, la vida de los demás, y me parecía increíble, surrealista, que hubiese cambiado tanto en tan solo unas semanas.

Odiaba la incertidumbre, el no saber qué iba a pasar. Odiaba echar de menos. Solo poder ver a personas a las que necesitaba abrazar a través de una pantalla. Tenía, como supongo que teníamos todos, un poco de miedo, un poco de nervios, un poco de todo. En realidad, tenía tantos sentimientos que me costaba identificarlos por separado. Tristeza por estarme perdiendo los viajes y las fiestas, nerviosismo por la situación y la universidad, pena por los que lo estaban pasando mal, rabia por cómo se estaban gestionando algunas cosas, impotencia ante la imposibilidad de hacer algo. 

Y en medio de todo eso, un poquito de ilusión también. No tanto ilusión porque estuviera pasando, sino por estarlo viviendo. Porque, como decíamos al principio, cuando se suspendieron las clases en Madrid y pensábamos que a los dos semanas estaríamos de vuelta, "estábamos viviendo algo histórico".

Fue en parte por eso por lo que decidí retomar el blog. Porque quería plasmar ese "algo histórico" de alguna manera. Contar mi experiencia a lo diario de Ana Frank, sin el componente trágico. Pero llega un momento en el que hasta las cosas históricas, las que nunca nadie pensó que pudieran pasar, las que parecen salidas de un programa de televisión, dejan de ser especiales. Le pasó a Ana Frank y nos ha pasado a nosotros.

Cincuenta días después, no me parece raro no salir a la calle, no tener planes los fines de semana más que limpiar la casa los domingos. Las cifras de muertos y contagiados se han convertido en un número ante el que nos sentimos casi indiferentes. Ya me sé todas las canciones que mi vecina pone a las siete, tanto las que me gustan como las que no. Antes me conectaba con tiempo a las clases virtuales, preparaba a mi alrededor todo lo que a lo mejor necesitaba, para no tener que levantarme de la silla y no perderme nada. Ahora enciendo el ordenador corriendo medio minuto antes, me olvido la mitad del material en el piso de arriba, y tengo que hacer un par de viajes por la escalera cada mañana. Ha llegado un punto en el que me parece normal quedar a través de la pantalla con mis amigos, hacer deporte en la terraza o en el garaje. Ya no es especial ir a tirar la basura, ni me sorprendo cuando alargan el confinamiento 15 días más. Me he acostumbrado ya a las mismas tres camisetas. A ponérmelas, lavarlas, y volvérmelas a poner. A no preocuparme por mis pelos de loca (tampoco lo hacía mucho antes) ni por mis outfits no conjuntados. Me gustaría decir que también me he acostumbrado a las mascarillas, pero lo cierto es que me siguen pareciendo igual de incómodas que la primera vez. 

Pero menos eso, el resto de mi vida ha dejado de ser nuevo, diferente o surrealista. Los lunes son iguales que los jueves, cada domingo es idéntico que el anterior, y lo único que cambia es que el calendario de la nevera marca cada mañana un día más de cuarentena. Y en qué momento, estar encerrados en casa, se ha convertido en rutina.

A partir de pasado mañana se supone que podemos salir. Correr, pasear. Todos nosotros, y no solo los afortunados con perro o hijos pequeños. Un cambio en la rutina, en repetir lo mismo que llevamos repitiendo los últimos cincuenta días. Y parece que, poco a poco, iremos recuperando nuestra vida pasada. Los paseos por la avenida, las terrazas, las quedadas. Poco a poco, volveremos a otra rutina. A la de antes. La que, aunque no lo sabíamos, nos hacía felices.

sábado, 11 de abril de 2020

Día 31 de cuarentena: Gran Vía vacía

Dicen que los atardeceres de Madrid son tan bonitos por la contaminación. No sé si será verdad, o una de esas cosas que se repiten tanto que te acabas creyendo que lo son. Pero, si lo es, los atardeceres de está cuarentena tienen que estar siendo cada vez menos impresionantes. Cada vez menos gente se estará asomando a sus balcones para apreciarlos.

Hoy salí a comprar el pan para mis abuelos por primera vez desde que empezó la cuarentena. El camino hasta la panadería lo hice por unas calles vacías y silenciosas. Esas calles, que antes rebosaban de vida, ahora han dejado de hacerlo. Por esas calles hace no tanto correteaban niños, pasaban coches y guaguas, caminaban hombres y mujeres, algunos con más prisa que otros. Calles que antes estaban llenas de tiendas abiertas y bares a rebosar, ahora no son más que asfalto desierto salpicado de personas con mascarilla o perro. Cuando hoy me salté el semáforo y crucé, dio exactamente igual, porque no había ni un solo coche que pudiese atropellarme.

Es sobrecogedor pensar que todas las calles alrededor del planeta están igual. Vacías, muertas. Que Gran Vía ya no está concurrida, que ya no hay coches rodeando el Arco del Triunfo. Los anuncios de Times Square se proyectan para personas que ya no están ahí. No hay problemas de tráfico en Delhi o en Atenas, ni góndolas paseando por los canales de Venecia. El agua de las playas borró las huellas que se dejaron en la arena, y nadie volvió a caminar sobre ella para dejar unas nuevas. De la noche a la mañana, las personas desaparecieron del mundo. Se cerraron puertas, ventanas y, de repente, ya no quedó nadie.

Pero con las personas desaparecieron también los aviones que atravesaban las nubes, los coches que escupían humo al aire. Las fábricas dejaron de generar basura, los turistas de ensuciar las playas. Y mientras nosotros estábamos en casa tirándonos de los pelos, el mundo vacío empezó a recuperarse.

Los animales tomaron los territorios que antes eran suyos. Los cisnes de Venecia resultaron ser mentira, pero en el fondo de las aguas se distinguen ahora unos pececillos un poco feos de los que antes se desconocía su existencia. Peces que, algunos dicen, a veces están incluso acompañados de delfines. Hay osos caminando por la carretera, ciervos por la arena, pavos reales en los pasos de peatones de la capital.

Y sé que todo eso se perderá en el momento en el que nos dejen volver a abrir puertas y ventanas. Desde que nos dejen salir, lo haremos. El mundo volverá a ponerse en marcha de nuevo, y nosotros volveremos a poblarlo, a infectar sus calles. Gran Vía se llenará de gente, los turistas se pelearán por tirar monedas a la Fontana di Trevi. Habrá colas delante de la Torre Eiffel y del Big Ben. Los bares se llenarán de gritos, las discotecas de música. Y, con nuestro regreso, los cielos se volverán a cubrir de humo y las playas de plásticos. Se dejarán de ver los peces de Venecia. 

Sí, cuando volvamos, todo volverá a ser como antes. El mundo volverá a estar lleno de vida, de gente, y de suciedad. No puedo esperar a caminar por calles concurridas y ruidosas al lado de miles de desconocidos. A viajar en avión, a coger la guagua. Pero tampoco me importaría que, la próxima vez que me siente en la terraza a la hora de la merienda, el atardecer madrileño sea un poco menos brillante, un poco menos naranja. Un poco menos contaminado.
                                                                                                                  
                                                                                                                                               foto por Nick Tsinonis, Unsplash

miércoles, 8 de abril de 2020

Día 28 de cuarentena: Batas blancas

El lunes pasado hizo justo un año desde que decidí que iba a estudiar Medicina. Ya había estado rumiando la idea un tiempo, pero fue exactamente el 30 de marzo de 2019 cuando lo confirmé: si conseguía la nota, iba a estudiar Medicina. No tenía claro que fuera a ser la carrera de mi vida, no era desde luego mi vocación. Pero aquel sábado me di cuenta de que no quería no llegar a descubrirlo nunca. Aquel sábado decidí que, de entre todas las opciones, Medicina era la que más papeletas tenía para hacerme feliz.

Antes de empezar segundo de Bachillerato nunca me lo había planteado. Nunca jamás se me había pasado por la cabeza. Yo iba a estudiar Psicología. Y no porque fuese algo que hubiese deseado siempre, sino porque me parecía una carrera interesante, que podría gustarme, servirme en el futuro.

Habría estudiado Psicología, si no fuese por una clase de Biología en la que probablemente debería haber estado prestando más atención. Una compañera de clase que después se convirtió en mi amiga me preguntó que qué quería estudiar. Le dije que no lo sabía, porque aunque Psicología era la primera opción, no se sentía como la definitiva. Ella me contestó que yo parecía la típica que había querido ser médico toda la vida. Ese día de octubre me pregunté: ¿y por qué no? "Porque te da miedo la sangre.", contestó mi cerebro. Pero aquel miedo sin sentido no parecía ser una razón lo suficientemente buena para eliminar de la lista una carrera que podría ser mi carrera. Aquel miedo irracional, a vista de toda una vida haciendo algo que me gustase, parecía una cosa superable.

Lo planteé en la mesa de la cocina como quien no quiere la cosa, y lo hablamos largo y tendido muchas veces a lo largo de los meses. Antes de llegar a ese 30 de marzo, pasé por muchas fases. Por pensar que seis años eran demasiados (y los diez u once que son en realidad ya ni te cuento), por considerar que Enfermería podría gustarme más (por llegar a decidirme por Enfermería, de hecho). Por preguntarme a mí misma que si estaba loca cuando veía heridas en la tele y apartaba la vista sin poder evitarlo. Por empezar a esforzarme en no hacerlo, por intentar acostumbrarme a la sangre falsa de las películas. Por hablar con médicos y enfermeros. Por pensar mucho. Por leerme todas las carreras de España en ratos muertos entre clase y clase y durante ellas, tratando de buscar una opción mejor, aunque la mirada siempre se me acabase yendo a Medicina. Por tener miedo, porque todo el mundo dice que es una carrera vocacional. Y a mí me interesaba, pero no era mi vocación, no era mi único deseo, mi razón de vivir. Era una carrera, sin más. Otra opción. 

Ese 30 de marzo me decidí, entre otras razones, porque una chica rubia de tercero de Medicina me habló con pasión de la carrera. Me dijo una frase que no olvidaré nunca: la vocación se gana. Y lo dijo con tanta vehemencia y convicción que no pude evitar creerla.

Durante el primer mes de curso, pensé que me había equivocado. Iba a clase y no me enteraba de nada. Llegaba a casa, intentaba leer los apuntes con tranquilidad, y me enteraba de todavía menos. Y después veía a todo el mundo súper emocionado por haberle quitado grasa a un cadáver y yo echaba de menos esa supuesta vocación que sentía que debería tener. Porque me parecía interesante ver el cuerpo humano por dentro, pero no me habría quedado allí toda la tarde diseccionando un brazo sin notar el tiempo pasar. Yo, a las tres horas de oler a muerto, ya tenía ganas de que fuera la hora de comer.

No sé en que momento me enamoré de la carrera. Miento, en realidad sí lo sé. Fue mientras estudiaba la articulación del hombro. Un jueves cualquiera en clase de Anatomía a las ocho de la mañana, quedándome medio dormida mientras escuchaba a RV hablar de meniscos y ligamentos, e intentaba tomar unos apuntes medianamente decentes. Ahí, rodeada de personas que también se estaban quedando dormidas, sonreí y pensé: "Me encanta lo que estoy haciendo.".

Pero creo que ha sido durante estas últimas semanas cuando he encontrado esa vocación de la que tanto hablan. Me sorprendió lo que sentí en el momento en el que me dijeron que estaban contratando a gente de sexto para afrontar la situación que se nos viene encima. Envidia. Ganas de ser yo. No quiero estar en casa. Quiero estar caminando en bata blanca por los pasillos del hospital. Hablar con los familiares, atender a los pacientes. Quiero ser de las personas a las que van dirigidas los aplausos de las ocho. Y no por los aplausos, aunque a todo el mundo le gusta que le aplaudan, sino por todo lo que estaríamos consiguiendo. Por ser parte de ello.

La chica rubia de Alcalá de Henares tenía razón. La vocación se gana. Y creo que yo ya lo he hecho. Al parecer solo necesitaba una pandemia global para conseguirlo.

domingo, 29 de marzo de 2020

Manta doblada y dos almohadas

Esta cuarentena me ha permitido tener tiempo para sentarme en mi mesa a la una de la mañana y rebuscar entre todas las hojas en sucio que tenía apiladas en una esquina del escritorio. Hojas que nunca miro con historias escritas de cualquier manera, sin respetar márgenes ni líneas rectas, con letra un poco difícil de descifrar. 

Entre todas esos papeles encontré esta, a lápiz en un folio medio arrugado. Me acuerdo perfectamente de la noche en la que la escribí. Y este me parece el momento perfecto para compartirla.


"Venir a casa de mis abuelos es como volver a ser niña otra vez. Es como dejar de tener preocupaciones unos días. Es tener la barriga siempre llena y dormir muchas horas. Es sentirte arropada por un cariño incondicional. 

Lo noto en la manera en la que mi abuela me hace la cama. Con una manta que sé que colocó con cuidado debajo de la colcha para que no me diera frío. Dos almohadas. Mi abuela sabe que, aunque solo use una, me gusta tener la otra al lado cuando duermo. La manta de la siesta que dejé tirada de cualquier forma ahora doblada cuidadosamente a los pies del colchón.

Cuando vengo a pasar la noche aquí, mi abuela pone la radio tan baja que no la oye, para que yo pueda dormir tranquilamente. Mi abuelo se levanta temprano, y nos corta jamón para hacernos un bocadillo de antes de la guerra, como dice él. Un bocadillo que tendremos preparado cuando nos levantemos y entremos en la cocina con cara de sueño y pelos de locas, y ellos nos sonrían y nos den un beso de buenos días.

Mis abuelos nos demuestran todo lo que nos quieren con detalles que se notan solo si te fijas. Nos lo demuestran en una cama hecha con cariño, en un silencio tranquilo por la noche. En una mirada de mi abuelo antes de marcharse por la mañana, cuando nosotras todavía seguimos durmiendo. En un cierre cuidadoso de la puerta para que no nos despertemos con las voces. En el plato de montaditos para el desayuno preparado en la encimera de la cocina.

Cuando me marcho de casa de mis abuelos, me voy un poquito más gorda, y mucho más feliz, llena de comida rica, mimos, y cariño."

Escrito por la noche, mientras mi abuela lee en la habitación de al lado, sobre las sábanas que colocó cuidadosamente cuando supo que veníamos.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Día 14 de cuarentena: Echar de menos

Echo de menos las tardes por Gran Vía. Dar un paseo con la melodía de los que cantan por las calles como banda sonora, mirar los escaparates, entrar y no comprar. O sí hacerlo. Echo de menos ir en el metro con los cascos puestos. Las tardes en el Parque del Oeste. Caminar por El Retiro. Ver a las familias que salen a respirar aire un poco más puro, a los magos que caminan sobre cristales para ganar unas monedas, a las parejas que pasean con las manos entrelazadas. Los rayos de sol reflejándose en las paredes del Palacio de Cristal.

Echo de menos tomar el sol en la terraza, después de comer y antes de ponernos a estudiar. Salir a correr por Madrid Río y llegar al colegio mayor satisfechas y sudadas. Echo de menos ir a clase, los descansos entre asignaturas, los paseos al baño. Echo de menos hacer planes para el fin de semana o para el día después del examen. Echo de menos las fiestas, las discotecas, arreglarnos juntos, bailar hasta que se vuelve a hacer de día. Echo de menos los atardeceres de Madrid. El cielo que se va tiñendo de colores mientras nosotros reímos en la azotea.

Echo de menos a mis abuelos. Los almuerzos en su casa y los ratos en el coche. Que mi abuelo nos toque el timbre por la mañana con un plato de jamón serrano y nos dé los buenos días. Echo de menos el mar, el campo. Echo de menos ir a desayunar con mis amigas para ponernos al día. La playa, estar tumbadas al sol durante horas. Echo de menos quedar para cenar o para dar un paseo por Triana, o para ir a cualquier sitio, en realidad. La mayoría de las veces, con vernos es suficiente.

Echo de menos mi rutina. El levantarme temprano y maldecir el tener que hacerlo. Encontrarme con los que desayunan a la misma hora que yo y reírnos con sueño. El paseo a la facultad mientras el cielo va perdiendo el color naranja, los pájaros se despiertan y las farolas se apagan. Echo de menos suspirar después de una clase complicada. Mirarnos entre nosotros y reírnos por no llorar. Ver en las caras de los que nos rodean que no somos los únicos que no se han enterado de nada, y sentirnos un poco aliviados por ello. Ahora tenemos que consolarnos entre nosotros por el grupo de clase, y no es lo mismo.

Echo de menos morirnos de hambre en la última hora de prácticas. Mirar el reloj cada cinco minutos. Comprobar el menú del colegio para alegrarnos cuando hay macarrones y decepcionarnos el resto de las veces. Y echar a correr entre los cerezos en flor de la Facultad de Medicina para no perder el U. Las siestas de veinte minutos. Las meriendas que pretenden ser del mismo tiempo, pero que siempre se acaban alargando, porque nunca se acaban las cosas que queremos compartir. Echo de menos antebar, unos encima de otros en los sillones, riéndonos por todo. Echo de menos proponerme llegar pronto a la cama y no conseguirlo nunca. Pero seguir intentándolo.

Pero, más que nada, echo de menos a las personas con las que compartía todos esos momentos. La razón de que las meriendas se alargaran, de no llegar nunca pronto a la cama. Las bromas, las risas, la música. Los abrazos de buenas noches, o los abrazos porque sí. Porque has tenido un día largo y te apetece. Los gritos de suerte antes del examen. Echo de menos a los amigos que iba a ver nada más llegar a Gran Canaria. Las horas que pasábamos sin parar de contarnos cosas, sin aburrirnos. Nunca suficientes.

Echo de menos todas esas cosas simples, a las que antes no les daba importancia, y que ahora daría lo que fuera por vivirlas de nuevo. Y ojalá quede poco hasta que pueda volver a hacerlo.








jueves, 19 de marzo de 2020

Día 8 de cuarentena: A grito pelado en la terraza

Llevo viviendo siete meses en Madrid. En todo ese tiempo, he hecho videollamada con mis mejores amigas una vez. Dos como mucho. Hablamos, sí, pero de vez en cuando y a ratos. Siempre con prisas. Nos contamos las cosas importantes, nos deseamos suerte para los exámenes, pero no nos pegamos una tarde entera hablando por teléfono, riéndonos de chorradas. Es difícil coincidir. Nunca hay tiempo.

En esta cuarentena, que ha durado apenas ocho días (parecen más, lo sé), ya nos hemos llamado, y hemos escrito más por el grupo de whatsapp que en todo el último mes.

Con los de Madrid me pasé todo el domingo al teléfono, con personas diferentes a ratos. Y el martes, antes de ver una peli con mi familia, me uní a la videollamada de mi grupo brevemente. Solo porque echaba de menos sus caras, y porque me apetecía darles las buenas noches. Con mis abuelos hablamos todos los días. Hoy, por el día del padre, hemos comido juntos. Ellos desde su mesa y nosotros desde la nuestra. El FaceTime, que hace maravillas. 

Hemos llamado a amigos de mis padres que me preguntaron que qué tal me iba la carrera, porque desde que empezó el curso no habíamos podido hablar. El estar todos confinados en casa sin mucho que hacer nos ha dado la excusa perfecta para retomar el contacto. Estos días he tenido conversaciones por whatsapp con gente de la que no sabía nada desde hace meses. Y lo bien que ha sentado.

Cuando pienso en todo eso, se me llena el corazón de ilusión. Porque estamos viviendo un momento en el que se nos ha pedido que nos aislemos de la sociedad, del resto del mundo, y nosotros hemos decidido aprovecharlo para encontrar otras maneras de seguir conectados. 

Ya no podemos irnos de discoteca, pero en los balcones de Italia pusieron música a tope y bailaron todos juntos como si no hubiera un mañana (a mi urbanización todavía no ha llegado semejante nivel de fantasía). Ya no se puede ir a los gimnasios, ni a hacer deporte juntos, pero en un edificio aleatorio un profesor dio una clase de pilates en el patio y todos los inquilinos la repitieron desde sus terrazas. En la calle de una amiga jugaron al Veo, veo. En la de otra, se pegaron media hora cantando Hola, don Pepito. Los vecinos, esos extraños al lado de los que hemos vivido todos estos años, se están convirtiendo en conocidos, en amigos, en compañeros de cuarentena.

Y, cada día, a las siete en Canarias, salimos a los balcones, terrazas y ventanas a aplaudir a los sanitarios. A gritar, tocar las trompetas, hacer ruido. En El Hierro, a su manera; a tocar pitos, chácaras y tambores, para oírse unos a otros desde las casas dispersas. Una forma de dar las gracias, pero también una forma de unirnos, de saber que no estamos solos en esto. Cada día a las siete cantamos Resistiré en nuestras terrazas. Porque resistiremos. Todos juntos, claro que lo haremos.

Mi profesora de Genética empezó la videoconferencia de hoy diciéndonos que, cada clase, comenzaríamos la sesión con dos personas dando un mensaje positivo. Rosa, aquí te dejo mi mensaje de hoy: me encanta que este momento en el que se nos ha obligado a pararnos, lo hayamos aprovechado para reencontrarnos con todos aquellos a los que teníamos olvidados, y para conocer y unirnos a esos en los que nunca nos habíamos fijado.

Y qué bonito es que, este aislamiento, más que alejarnos, nos esté acercando.

                                                                                  foto por Daniel Tafjord, Unsplash

martes, 17 de marzo de 2020

Día 6 de cuarentena: Una semana y un día

Pues creo que mis padres tienen razón, y que estos quince días en los que no podemos salir de casa, que probablemente acaben siendo más de quince días, son el momento perfecto para darle un poco de vida a mi pobre blog abandonado. Este diario de cuarentena que voy a empezar será, además de una forma de entretenimiento, una manera de recopilar esta simulación en la que se ha convertido nuestra vida. Cuando este momento pase a los libros de historia (porque pasará a los libros de historia), esto será como una especie de Diario de Ana Frank menos duro, peor escrito, y con menos éxito.

Pongámonos en situación: hace una semana y un día yo estaba en Madrid. Un lunes como otro cualquiera. Tuve un examen, que, para mi sorpresa, me salió mejor de lo esperado. Después decidí concederme todo el día para mí, y dedicarme a hacer esas cosas que no se pueden hacer cuando se está estudiando para un examen. Así que fui a tomar algo con la gente de clase antes de comer. Estuve haciendo un trabajo de clase en la terraza con una amiga, en pantalones cortos para ponernos morenas, porque hacía un día precioso y un sol de esos que calientan de verdad, casi como en verano. Por la tarde fuimos a dar una vuelta por Malasaña: nos metimos en una librería, vimos el escenario en Callao del concierto de Morat que acababa de terminar, y probamos unos gofres estupendos, maravillosos y un poco caros de Chueca.

Hace una semana y un día, yo estaba viviendo un lunes sin más. Un día cualquiera. Tenía mis planes futuros: el martes empezaría a estudiar para el examen de Embriología, el fin de semana me iría a Granada con el colegio mayor, la semana siguiente seguiría estudiando, el jueves haría el examen, descansaría por la tarde, y el viernes comenzaría a estudiar para el siguiente. Todo como siempre. Igual que los anteriores seis meses e igual que los próximos tres.

Fue en una tienda aleatoria de segunda mano de Malasaña donde empezó la locura. Cuando encendimos el móvil, teníamos cinco mil mensajes del grupo de Medicina. Se suspendían las clases en Madrid hasta el 26 de marzo. Nos llamaron nuestros padres, casi como en sincronización. Mi madre me dijo que ya me había sacado un billete para el miércoles. Mi contestación: "Pero mamá, si yo el fin de semana me voy a Granada". Qué ingenua.

Después de eso, la situación de surrealismo solo aumentó. En el colegio mayor nos reunieron esa noche por plantas para informarnos de que, por el momento, el colegio seguiría abierto, aunque todos éramos libres de irnos a casa si así lo deseábamos. Evidentemente se suspendía el viaje a Granada. 

En un primer momento casi todos teníamos la intención de quedarnos, por esto de no llevar el virus a casa. En nuestra mente, nos esperaban dos semanas de fiesta y diversión en el colegio mayor. La gente se fue a por provisiones de cerveza, que no papel higiénico, y los 15 días que nos quedaban por delante prometían.

Pocos padres estaban de acuerdo. Poco a poco, el colegio se fue vaciando. En el comedor pusieron turnos para comer, y nos sentábamos en zig zag, para que si estornudábamos no se nos cayera encima el coronavirus del de enfrente. En aquellos momentos, yo todavía seguía esperando a que alguien señalara la cámara escondida y nos dijera que todo era un experimento social a lo El show de Truman, y que ya podíamos volver a la normalidad.

La vuelta a casa fue tranquila. En el aeropuerto casi vacío todo parecía normal. Solo se veían pequeños grupitos de gente con mascarilla aquí y allá. De vez en cuando se oía la palabra coronavirus en el ambiente. Poco más.

Yo llegué a Gran Canaria con la ilusión de ir mucho a la playa y volver como si hubiera pasado un verano exprés: morena y sin ojeras. Con la intención de ver a mis amigos en sus ratos libres, porque ellos seguían teniendo clase. De hacer caminatas con mi familia, ir a comer con mis abuelos una vez estuviera segura de que no había contraído el virus.

Pero el miércoles llegué de Madrid, me metí en mi casa, y no he vuelto a salir desde entonces. Al principio porque mis padres me dijeron de esperar unos días para asegurarnos de que no estaba contagiada. Ahora, a esta razón se le suma también el estado de alarma, que no te deja salir a no ser que sea para ir sacar al perro, ir a comprar comida o ir a hacerte unas mechas a la peluquería. Todavía no han pasado mis 15 días de cuarentena y, tampoco tenemos perro, así que aquí sigo.

Estos días he dormido bastante. Creo que la parte de "no ojeras" sí voy a conseguirla. También he aprovechado para hacer cosas que llevaba mucho tiempo diciendo que haría (como escribir en el blog, jeje). Hemos jugado a juegos de mesa, dado clases de salsa y bachata en el salón, visto películas y capítulos de Friends, y hecho videollamada con personas varias. 

La parte de dar las asignaturas de manera no presencial está resultando toda una aventura. Hoy he tenido mi primera clase por videoconferencia y ha sido, cuanto menos, una experiencia divertida. El momento en el que los hijos de mi profesora han empezado a chillar y pelearse por detrás, y ella se ha dado la vuelta para decirles que se callaran porque les estaban oyendo 80 personas ha sido, sin lugar a dudas, la mejor parte de mi día.

Nadie diría que ese lunes cualquiera que pasamos en la calle, entre personas que no eran nuestra familia directa, con un tema de conversación diferente al del coronavirus, fue hace tan solo una semana y un día. En qué momento se ha convertido nuestra vida en semejante simulación.

Me despido con una foto de la lasaña que hicimos mi padre y yo el otro día, para hacerles la cuarentena un poco más amena. Nos vemos pronto.

domingo, 28 de julio de 2019

Espejo

Hace mucho tiempo participé en un reto que consistía en definir una palabra de uso cotidiano dotándola de significado propio. La palabra escogida fue espejo, y el resultado fue una pequeña historia que por algún motivo que ahora desconozco nunca llegué a publicar. La encontré ayer, en uno de esos días en los que se hace limpieza de los documentos esparcidos por el ordenador y descubres cosas que ni te acordabas que en algún momento habían ocupado tus pensamientos.

                                                                                                                        foto por Taylor Smith, Unsplash

espejo

Del lat. specûlum 

7. m. Objeto peligroso y aterrador que se encuentra en mi cuarto de baño, justo a la derecha, a un ángulo de 47 grados desde la ducha. Y en la entrada de casa, en frente de la puerta, directamente debajo del reloj. También en el cuarto de mis padres, de cuerpo entero, dentro del vestidor. Hay dos fuera del coche, uno a cada lado, y otro dentro, entre el asiento del conductor y el copiloto. El diccionario afirma que refleja la imagen que tiene delante, pero el médico me dijo que no era mi reflejo real lo que yo veía en el cristal. Cuando lo veía, porque me pasaba la vida evitándolos. Nunca miraba a la derecha en el baño, ni hacia delante al llegar a casa. Al cuarto de mis padres hacía tiempo que no entraba. 

El médico me ha pedido que deje de huir de ellos, dice que ahora soy un poco más fuerte. Parecen haberse ido arreglando poco a poco, porque cuando me atreví a enfrentarme a mi reflejo, descubrí que mis mejillas redondas habían desaparecido. En su lugar encontré unos pómulos demasiado marcados, sobre un cuello junto a unas clavículas excesivamente salidas. Lo que vi no fue a una adolescente de muslos redondeados, sino a una chica huesuda y lacrimosa, aferrada a una mujer aún más llorosa, cansada y con los ojos cerrados. Mi madre no se percató de mi cara de sorpresa, porque ella era la de los ojos cerrados. 

Sigo evitando a los espejos. Ya no me avergüenzo de mis gruesos muslos y mis dedos rechonchos. Me avergüenzo de lo que ven todos los demás. Una chica demasiado flaca que no se supo querer lo suficiente.

domingo, 7 de abril de 2019

Una estrella en mi jardín, de Wendy Davies

Una estrella en mi jardín está lleno de magia, lleno de sueños, locuras y amor. Es uno de esos libros que te da pena acabar. Una de esas novelas que te hacen darte cuenta que las letras son también una forma de arte. 

Me lo acabé hace ya unas semanas, y ahora que me siento a escribir la reseña, lo recuerdo. Y se me llena el corazón de esa mezcla de cariño y añoranza que sentimos cuando rememoramos algo que en su momento nos hizo felices.


SINOPSIS
Algunos dicen que el miedo no es real, otros que la locura no puede ser lógica y luego están los que se atreven a asegurar que una estrella no puede vivir en un jardín.  
Claro que ellos no conocen a Alicia Little, una chica que tiene fobia a la gente y que vive escondida en casa de su abuelo hasta que una historia, una estrella, un armario y un nuevo vecino cambian su pequeño mundo de mentiras y la retan a vivir en el mundo real. Charlie le enseñará a fotografiar quizás a través de sus dibujos, a creer en seis imposibles antes del desayuno y cómo una persona puede hacerte sentir diminuta o gigante en el tiempo que tarda en caer al suelo un bote de mermelada, incluso cuando el miedo se empeña en hacerte invisible.  
¿Podrá Alicia amar algo que teme? ¿Será la curiosidad más grande que el miedo? 
Pierde el miedo y déjate seducir por este homenaje a Alicia en el País de las Maravillas cargado de quizás, pero cuidado; al miedo le encanta robar sueños.
OPINIÓN PERSONAL

La historia de amor entre Alicia y Charlie es una de las más bonitas que he leído nunca. Alicia es la locura, la ingenuidad, las ganas de vivir. Y Charlie es su salvavidas, su cordura, sus ganas de enseñarle el mundo. Su persona. A lo largo de los capítulos, vemos cómo se van conociendo y se van enamorando. Vivimos a su lado momentos que nos roban una sonrisa, y miradas que hacen que sintamos que no deberíamos estar siendo testigos de algo tan íntimo y especial. Es una historia de amor llena de imposibles y originalidad, pero tan real, tan única, que te deja sin aliento.

"Alicia era de esa clase de personas que pensaban que un dibujo podía estar solo y sentían pena por él. Charlie era de la clase de personas que pensaban que un dibujo podía hacer compañía a una pared solitaria y sentían alegría por los dos."

Y todo esto ocurre en un entorno cuidado hasta el más mínimo detalle y escrito con el más profundo cariño. Una vez más, las autoras han sabido recrear la historia a la que homenajean incluso en las cosas más simples. En los personajes encontramos al conejo de Alicia, al Sombrerero, a la Reina de Corazones. Cada uno, único y especial, nos roba el corazón de una manera diferente. Y es casi como un juego: ir labrando tu camino a lo largo de la novela e ir encontrando detalles, símbolos, escondidos entre las frases. 

"Le resultó curioso, realmente parecía como si alguien hubiera plantado allí una semilla de sofá y este hubiera brotado, creyéndose flor. Qué sofá más tonto, no sabía que los sofás no nacían de semillas, y precisamente al desconocer que no podía crecer de la tierra, creció."

Las autoras no han perdido tampoco esa forma de escribir que parece un poco como poesía sin versos. Esa forma de construir la historia y que todo cuadre, no dejar nada a la suerte. 

"No se le daban bien los animales. Una vez tuvo un pez que murió ahogado; se quedó flotando sobre la pecera, inerte. Y Charlie comprendió que ni él podía tener animales ni su pez sabía nadar."

Y, además, Una estrella en mi jardín viene con un regalo incluido. Porque, aunque en menos ocasiones de las que me gustaría, Wendy Davies nos da la oportunidad de reencontrarnos con los personajes de Recuerda que me quieres a los que tanto echábamos de menos. Como trasfondo de la historia de amor de Alicia y Charlie conocemos qué fue lo que pasó en esas partes que no vimos en la primera novela. El libro no es una continuación del otro, pero es bonito. Es bonito ver cómo encaja todo. Casi como si fuera un universo particular creado por las autoras, y nosotros unos meros espectadores invitados a disfrutarlo.

"Los niños eran más felices cuando esperaban la llegada de Papá Noel que cuando este ya había dejado diligentemente los regalos bajo el árbol. Una vez que los regalos se encontraban allí, la magia desaparecía con la espera. Alicia creía fervientemente que la felicidad se encontraba escondida en los momentos en los que estamos intentando alcanzarla."

En conclusión, con Una estrella en mi jardín, Wendy Davies nos trae una historia de amor preciosa, divertida, dulce y especial, rodeada de unos personajes que se convierten en tus amigos a lo largo de las páginas. Nos la hace llegar con una pluma que desprende magia y la convierte en la novela perfecta para acurrucarse en el sillón y disfrutar de lo bonitas que son las historias bien contadas.

lunes, 7 de enero de 2019

The Truth About the Harry Quebert Affair, de Joël Dicker

Me encanta obsesionarme con un libro. Quedarme leyéndolo hasta las tantas, pensar en él durante el día. Esas ganas de que llegue el momento de ir a la cama, y tumbarme, sumergirme en sus páginas.  Hacía tiempo que no me pasaba. Lo empezaba a echar de menos.

Y entonces llegó The Truth About the Harry Quebert Affair.


SINOPSIS
August 30, 1975. The day of the disappearance. The day Somerset, New Hampshire, lost its innocence.  
That summer, struggling author Harry Quebert fell in love with fifteen-year-old Nola Kellergan. Thirty-three years later, her body is dug up from his yard, along with a manuscript copy of the novel that secured his lasting fame. Quebert is the only suspect.
Marcus Goldman--Quebert's most gifted protégé--throws off his writer's block to clear his mentor's name. Solving the case and penning a new bestseller soon merge into one. As his book begins to take on a life of its own, the nation is gripped by the mystery of "The Girl Who Touched the Heart of America." 
But with Nola, in death as in life, nothing is ever as it seems.
OPINIÓN PERSONAL

La historia que nos presenta Joël Dicker es una historia entretenídisima. La comienzas, y empiezan a pasar cosas. La continúas, y siguen pasando cosas. Y la terminas, y te asombras de toda las cosas que han pasado en las últimas 600 páginas. Porque sí, The Truth About the Harry Quebert Affair es uno de esos libros gordos que se te acaban en un santiamén. 

"You know, you have lots of potential, but essentially, what I read was bad. Very bad, in fact. Utterly worthless. And the same is true for all the other stories by you I've been able to read in the magazine. It's criminal, cutting down trees to print crap like that. There just aren't enough forests for the number of bad writers in this country. Something must be done."

En la novela, pasado y presente se van intercalando. Por un lado, el escritor nos cuenta la historia de Harry y Nola. Por otro, la de cómo Harry conoce a Marcus y la amistad que nace entre ellos. Todo esto unido por la investigación que está llevando a cabo Marcus en la actualidad, decidido a demostrar que su amigo de toda la vida no es ningún criminal, mediante el libro que planea escribir contando lo que realmente pasó la noche del 30 de agosto de 1975.

Todas estas historias están contadas con una pluma exquisita. Divertida, original, concisa, amena. Y los personajes que nos acompañan no podían ser menos. A todos, poco a poco, mediante interrogaciones y sucesos, los vamos conociendo. Y algunos nos caen mejor y otros peor, pero todos tienen ese algo que los hace reales y suyos. Mis favoritos, sin lugar a dudas, la madre de Marcus y el padre de Jenny. A su manera, cada uno consiguió sacarme más de una sonrisa.

"There was no Mrs Harry Quebert. There was no Quebert family. There was only Quebert. Just Harry. A man who was so bored at home that he became friends with one of his students. I truly understood this when I saw his fridge."

La única pega que quizás le pondría a esta novela, como a muchas otras de este estilo, es lo poco realista que parece que, treinta y tres años después, todos y cada uno de los involucrados se acuerden exactamente de lo sucedido. Es más, en ocasiones, en las partes en las que alguno de los personajes estaba contando su versión de los hechos, aparecían fragmentos describiendo acciones que habían realizado otras personas, y de las cuales los personajes que narran no podrían haberse enterado. Sin embargo, no me importó mucho. De alguna forma había que resolver el asesinato.

""What do cops usually do at times like this?"
"They drink. What about writers?"
"They drink.""

El final fue sorprendente y un poco agridulce, más dulce que agrio. No veía venir la resolución del misterio, y me encanta cuando las respuestas llevan todo el libro escondidas y después hacen click de repente. Y esa sorpresa final, la más inesperada. También adoro las sorpresas inesperadas. Fue un buen libro, lo sé, porque como bien le explica Harry a Marcus, un buen libro es aquel que te da pena haber acabado.

"A good book, Marcus, is judged not by its last words but by the cumulative effect of all the words that have preceded them. About half a second after finishing your book, after reading the very last word, the reader should be overwhelmed by a particular feeling. For a moment he should think only of what he has just read; he should look at the cover and smile a little sadly because he is already missing all the characters. A good book, Marcus, is a book you are sorry to have finished."

En definitiva, The Truth About the Harry Quebert Affair es un libro que lo tiene todo: personajes a los que les cogerás cariño, una historia que te atrapará desde el principio y una forma de escribir original y divertida. Diría que es el regalo perfecto para estas navidades, pero, desgraciadamente, ya pasaron. En fin, si se acerca algún cumpleaños especial, es un libro a tener en cuenta.

domingo, 21 de octubre de 2018

Nineteen Minutes, de Jodi Picoult

Jodi Picoult me robó el corazón la primera vez que la leí. Todo lo que quería hacer al acabarme The Pact era descubrir más Jodi Picoult. Escogí Nineteen Minutes tras una cuidadosa selección entre todos sus libros. Lo comencé llena de expectativas. Y me estampé contra el suelo.


SINOPSIS
After years of cruel bullying from his classmates, Peter Houghton snaps one morning, and in nineteen minutes, ten residents of the town of Sterling are dead. When the case goes to trial, the reeling town is determined to seek justice for the innocents Peter killed.
But as the trial unfolds, Peter's testimony casts light on the terrible role the residents of Sterling have played in turning a sweet, loving boy into a killer, and it isn't long before Sterling's illusions of innocence find themselves shattered forever...
OPINIÓN PERSONAL

Lo que más me enamoró de Jodi Picoult cuando la conocí fueron sus personajes, y es eso principalmente lo que me ha fallado en Nineteen Minutes. En toda la novela, no hay ni uno solo que me caiga bien, con la excepción de Patrick. Aunque bien construidos, no soportaba a la mayoría, y los demás estaban ahí. Ni me iban ni me venían. Solo me molestaban la mayoría de sus acciones.

"When he walked around the perimeter of a vandalized barn or found the stolen car stripped down and dumped in the woods or handed the tissue to the sobbing girl who'd been date-raped, Patrick couldn't help but feel that he was too late. He was a detective, but he didn't detect anything. It fell into his lap, already broken, every time."

El ritmo sigue siendo bastante parecido al de The Pact. No se trata de un libro lleno de acción y sucesos inesperados, sino que cuenta el día a día, poco a poco y sin prisas. Esto fue algo que me encantó en la primera novela que leí de ella, sin embargo, en esta se me ha hecho cuesta arriba. No llega a ser pesado, pero sí aburrido en muchas ocasiones.

"Lacy combed through her memories for some red flag, some conversation she might have misread, something overlooked, but all she could recall were a thousand ordinary moments.
A thousand ordinary moments that some mothers would never get to have again with their own children."

Algunas partes de la historia tampoco me parecieron creíbles, y el final fue otra de las numerosas decepciones. Aunque ese último giro en la trama fue totalmente inesperado, me dio la sensación de que no se le consiguió sacar el jugo. Es decir, Jodi Picoult llega, nos sorprende con algo que llevaba todo el libro guardándose bajo la manga, y después coge y acaba la historia. Ni relata qué sucede a raíz de ahí, sin contar una frase en el epílogo, ni explica por qué lo que sucedió lo hizo. Simplemente lo cuenta y deja de escribir.

"The world was different when there was no one in it."

Lo único que sí me ha gustado de este libro es el tema que trata. Fue uno de los motivos por los que lo elegí, ya que todo el asunto de los tiroteos en los colegios me llama la atención, y no es algo de lo que haya leído. Me pareció interesante leer sobre el suceso, aunque ficticio, y después descubrir sobre qué se hace en estos casos, así como qué es lo que llevó a la persona a llegar una mañana y disparar a sus compañeros.

Nineteen Minutes es un libro con personajes bien construidos aunque no muy de mi agrado, bien escrito pero con una trama un tanto aburrida, y un final que deja bastante que desear. En definitiva, hay otros peces en el mar.

miércoles, 22 de agosto de 2018

The Pact, de Jodi Picoult

SINOPSIS 
Until the phone calls came at three o'clock on a November morning, the Golds and their neighbors, the Hartes, had been inseparable. It was no surprise to anyone when their teenage children, Chris and Emily, began showing signs that their relationship was moving beyond that of lifelong friends. But now seventeen-year-old Emily is dead--shot with a gun her beloved and devoted Chris pilfered from his father's cabinet as part of an apparent suicide pact--leaving two devastated families stranded in the dark and dense predawn, desperate for answers about an unthinkable act and the children they never really knew.
From New York Times bestselling author Jodi Picoult--one of the most powerful writers in contemporary fiction--comes a riveting, timely, heartbreaking, and terrifying novel of families in anguish and friendships ripped apart by inconceivable violence.
OPINIÓN PERSONAL

The Pact es probablemente uno de los libros mejores construidos que me he leído nunca. Tardé bastante en hacerlo, pasé las páginas con calma y disfruté de cada segundo.

"They complemented each other. It was not unlike the mixture of oil and vinegar--neither of which one wanted alone on one's salda, but which together seemed such a natural twosome it was easy to believe they'd been made with each other in mind."

La historia va saltando entre el momento presente y pasado. Por una parte, conocemos los comienzos de la relación de Emily y Chris, su avance a medida que ellos crecen. Por la otra, nos encontramos después de la muerte de Emily. El dolor de ambas familias y el intento por tratar de descubrir qué pasó de verdad. No suele gustarme mucho el uso de estos saltos en el tiempo, me gustan más las historias que se cuentan de forma continua, con comienzo y final. Sin embargo, en este caso, está tan bien hecho, tan bien hilado, que no se me han liado los escenarios en ningún momento. Disfrutaba de cada una de las partes, y esperaba la parte siguiente con las mismas ganas que había esperado la anterior.

"'She was, you know, all the things I wasn't, and I was all the things she wasn't. She could paint circles around anyone; I can't even draw a straight line. She was never into sports; I've always been.' Chris lifted his outstretched palm and curled his fingers. 'Her hand,' he said. 'It fit mine.'"

Los personajes son otro de los puntos fuertes de la novela. Pocas veces he visto a unos personajes tan, tan bien construidos. No solo los protagonistas, sino cada uno de los ellos, que no son pocos. Siento que los conozco. De verdad. Jodi Picoult tiene esta pluma maravillosa en la que cuenta los detalles más simples y cotidianos manteniéndote enganchado. Las breves conversaciones, las pequeñas situaciones que lees y disfrutas. Y casi sin que te des cuenta, sientes que los personajes a los que les está sucediendo todo esto son esos amigos que llevan a tu lado toda la vida.

"S. Barrett Delaney had spent most of her adult life trying to live down the fact that she was a lawyer named Sue."

El ritmo de la historia es bastante lento, pero nunca llega a hacerse pesado. No es una novela de acción. La autora escribe un libro cuyos acontecimientos transcurren poco a poco y sin prisa, con sorpresas que no esperabas y con la capacidad de mantenerte entretenido con cosas que nos podrían pasar a todos.

"There was a universal tono of voice for a boy who had just realized he was not invincible, who understood how slowly time could pass."

Por último, lo que menos me gustó del libro fue, sin duda, el final. No tanto porque no me gustara como final, sino porque lo maravilloso de esta historia es lo bien construida que está, lo realista de los hechos, lo cercana que se hace al conocer tan bien a sus protagonistas y ser tan real. Los últimos capítulos fueron subiendo en intensidad poco a poco, a un ritmo rápido que te mantenía enganchada. Y después llegó la última página y esa sensación de realidad se desvaneció un poco en el aire. 

The Pact es un libro que cuenta una historia perfectamente hilada y construida, que transcurre sin apuros y que logra que mantengas siempre las ganas de leer. Con unos personajes tan reales que sientes que los conoces, y con una forma de escribir simple y especial al mismo tiempo. La novela perfecta para leer durante el invierno, acurrucado en una mantita, o en verano, bajo el sol y sobre la arena caliente. Simplemente, un libro que disfrutarás. Sea cuando sea.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Night, de Elie Wiesel

Tuve que leer este libro para la clase del Holocausto (sí, tengo una asignatura en la que tratamos única y exclusivamente ese tema). Mi forma de leerlo probablemente no fue la más adecuada para un libro de este tipo, o para un libro en general. Lo leía en clase una vez a la semana durante muchos meses, y me lo acabé de golpe la última noche de las vacaciones porque tenía que presentarlo al día siguiente. Estoy segura que si me hubiera centrado y leído Night como un libro debe leerse, lo habría disfrutado muchísimo más.


SINOPSIS
Born in the town of Sighet, Transylvania, Elie Wiesel was a teenager when he and his family were taken from their home in 1944 to the Auschwitz concentration camp, and then to Buchenwald. Night is the terrifying record of Elie Wiesel's memories of the death of his family, the death of his own innocence, and his despair as a deeply observant Jew confronting the absolute evil of man. This new translation by his wife and most frequent translator, Marion Wiesel, corrects important details and presents the most accurate rendering in English of Elie Wiesel's testimony to what happened in the camps and of his unforgettable message that this horror must never be allowed to happen again.
OPINIÓN PERSONAL

"To forget would be not only dangerous but offensive; to forget the dead would be akin to killing them a second time."

La historia de Night es una historia verídica. Elie fue un judío que existió, que fue enviado a campos de concentración, que perdió a familiares a manos de los nazis, que vio y vivió horrores, y que tuvo la suerte de sobrevivir y ha decidido contarnos su experiencia. Elie no se corta un pelo a la hora de describirnos lo que sucede. Eso, más saber que todo fue real, hace que la historia sea muy difícil de leer algunas veces. Que te duela un poco el corazón cuando tu mente procesa algunos de los capítulos o situaciones. Sin embargo, a pesar de la dureza de lo que estamos aprendiendo, es un libro que se lee rapidísimo. Cuenta las cosas tal y como ocurrieron, sin alargarse, sin merodear. Te golpea con sus palabras y sigue escribiendo.

"The idea of dying, of ceasing to be, began to fascinate me. To no longer exist. To no longer feel the excruciating pain of my foot. To no longer feel anything, neither fatigue nor cold, nothing. To break rank, to let myself slide to the side of the road..."

Lo único que no me ha convencido demasiado de la historia es el hecho de que habla todo el rato de cómo Elie perdió su fe en Dios una vez vio todo lo que vio. Entiendo perfectamente que la religión es algo muy importante para él, pero las tres primeras veces que dijo que ya no se sentía capaz de rezar lo entendimos. No era necesario repetirlo cuatrocientas mil más.

"I spent my days in total idleness. With only one desire: to eat. I no longer thought of my father, or my mother. 
From time to time, I would dream. But only about soup, an extra ration of soup."

Muchas de las situaciones descritas en Night me han sorprendido muchísimo. He leído y aprendido sobre el Holocausto, pero hay cosas que Elie cuenta y que nunca me había atrevido siquiera a imaginarme. Es admirable. Cómo lo dice, sin pelos en la lengua, aún cuando son pensamientos de los que uno no debería estar orgulloso. Los mejores libros son esos que te dejan pensando antes de dormir, aún cuando hace mucho que pasaste la última página.

En conclusión, Night es un libro que se lee en un pis pas, pero que no por eso deja de contener una historia durísima que te hace sentir impotente en más de una ocasión. Un libro con el que aprendes muchísimo, pero con el que no aprendes para nada cosas placenteras. Te hará reflexionar, pensar, y tener ganas de volver al pasada y ser capaz de cambiarlo.

martes, 27 de marzo de 2018

This is our story, de Ashley Elston

Libros de asesinato e investigación posterior no suelen ser mi tipo de novelas. Esas historias tiendo a dejarlas más para capítulos de Castle o de Mentes Criminales. Pero este libro me atrajo desde el primer momento, en parte por las personas que me lo recomendaban. Lo comencé llena de ganas. Me encantó. Pero como casi siempre que tus expectativas están por los cielos, el libro me acabó decepcionando un poquillo.

Dichosas expectativas.


SINOPSIS
No one knows what happened that morning at River Point. Five boys went hunting. Four came back. The boys won't say who fired the shot that killed their friend Grant; the evidence shows it could have been any one of them.
Kate Marino's senior year internship at the district attorney's office isn't exactly glamorous—more like an excuse to leave school early that looks good on college applications. Then the DA hands her boss, Mr, Stone, the biggest case her small town of Belle Terre has ever seen. The River Point Boys are all anyone can talk about. Despite their damning toxicology reports the morning of the accident, the DA wants the boys' case swept under the rug. He owes his political office to their powerful families.

Kate won't let that happen. Digging up secrets without revealing her own is a dangerous line to walk; Kate has personal reasons for seeking justice for Grant. As she investigates with Stone, the aging prosecutor relying on Kate to see and hear what he cannot, she realizes that nothing about the case—or the boys—is what it seems. Grant wasn't who she thought he has, and neither Stone's prime suspect. As Kate gets dangerously close to the truth, it becomes clear that the early morning accident might not have been an accident at all—and if Kate doesn't uncover the true killer, more than one life could be on the line... including her own.
 
OPINIÓN PERSONAL

Cinco chicos, amigos de toda la vida, fueron a cazar al bosque una mañana. Solo cuatro regresaron. Cuatro que han decidido guardar silencio, no decir quién disparó el arma que mató a su amigo. El caso es asignado al jefe de Kate, una estudiante que trabaja en la oficina del fiscal. Kate se niega a dejar al asesino libre, que es exactamente lo que el fiscal desea, y poco a poco empieza a investigar y a descubrir que eso que todos creían accidente puede que no lo sea, y que hay más secretos guardados por estos chicos de lo que todos pensaban en un principio.

"A ten-point buck and a dead body make the same sound when they hit the forest floor. It's hard to believe a person could be mistaken for an animal, but it happens more than you know."

This is our story es uno de esos libros que no puedes soltar. Te sorprende, te mantiene enganchado y con la necesidad de saber qué pasó o qué va a pasar. Sin embargo, aunque la trama está muy bien construida en su mayor parte, he encontrado algunos pequeños fallos que no encajaban una vez que descubrimos toda la historia.

El final tampoco me ha convencido. La novela daba vueltas una y otra vez, haciéndote creer cosas y después haciéndote dudar de eso que creías saber. Pero, llegando a los últimos capítulos, la resolución comenzó a verse clara. Y fue exactamente ese final que empezábamos a sospechar el final real del libro. Faltó un último giro, algo que nos dejara con la boca abierta dando vueltas por nuestra habitación. Acabar la carrera fuerte, con un sprint, no empezando a desacelerar.

"We lose ourselves in this moment, desperate to erase what happened today and to forget what will happen tomorrow."

Los personajes son otra de las cosas que le han quitado puntuación al libro. Solo un par de ellos, aparte de la protagonista, están bien construidos. Y, en su mayoría, sus detalles tampoco son nada del otro mundo. Son personajes bastante normalillos y típicos, que parecen reales pero que no tienen nada que los haga especiales. Te caen bien, pero no te llegan a importar. En el caso de los cuatro chicos a los que Kate está investigando, me han vuelto loca. No logré identificarlos hasta muy avanzada la novela, y siempre que se descubría algo de alguno de ellos, tenía que volver para detrás y releer sus descripciones para entender de quien estábamos hablando.

En definitiva, This is our story es un libro que no podrás parar de leer. No tiene personajes alucinantes con los que te encariñarás, y el final deja un poco que desear, pero es una de esas novelas en las que ninguna de estas cosas te importa demasiado. Una de esas para acurrucarte en el sillón y simplemente leer y leer.

martes, 13 de febrero de 2018

Everything, Everything, de Nicola Yoon

Everything, Everything es un libro de esos que te apetece leer cuando estás en la playa o en la terraza una tarde de verano, tienes mucho tiempo y necesitas una lectura ligera para llenarlo. De esos que te entretienen y te hacen sonreír. También es de esos libros sencillos que nos hacen el leer en otra lengua un poco menos complicado. 

Yo definitivamente no lo leí en uno de esos días calurosos y largos de vacaciones. Nevaba fuera y no paramos de hacer cosas. Pero eso de que fuera un novela sencilla hizo que leerla en inglés no fuera un problema.


SINOPSIS
My disease is as rare as it is famous. Basically, I’m allergic to the world. I don’t leave my house, have not left my house in seventeen years. The only people I ever see are my mom and my nurse, Carla.
But then one day, a moving truck arrives next door. I look out my window, and I see him. He’s tall, lean and wearing all black—black T-shirt, black jeans, black sneakers, and a black knit cap that covers his hair completely. He catches me looking and stares at me. I stare right back. His name is Olly.
Maybe we can’t predict the future, but we can predict some things. For example, I am certainly going to fall in love with Olly. It’s almost certainly going to be a disaster.
OPINIÓN PERSONAL

Para los que no entiendan inglés: Madeleine es una adolescente que no ha salido de su casa desde que tiene memoria. Padece una enfermedad cuyo resumen rápido y sencillo sería que es alérgica al mundo. Las únicas personas con las que tiene contacto son su madre y su enferemera. Un día, una nueva familia se muda a la casa vecina. Olly es parte de esa familia. Poco a poco, a través de mensajes y miradas por la ventana, Olly y Maddy se van conociendo. Y, poco a poco, se van enamorando.

"It's Christmastime, so maybe it's snowing outside, or maybe it just stopped snowing. This is a memory, so the details are a bit uncertain."

Una de las cosas que más me han gustado es la forma de escribir de Nicola Yoon. Tiene un estilo sencillo, rápido y fácil de leer, pero capaz de transmitir dolor, rabia o impotencia cuando es necesario. Es difícil escribir desde el punto de vista de alguien que no ha visto más allá de su ventana y que todo lo que conoce del mundo es de los libros que ha leído. Sin embargo, Nicola Yoon ha logrado trasmitir esa inocencia y curiosidad, sin hacer que Maddy parezca tonta en ningún momento, cosa que agradezco, porque no hay nada peor que una protagonista tonta. Todo eso siendo capaz de sacarnos una sonrisa en casi cada página, sobre todo con las conversaciones entre Olly y Maddy.

"Madeline: What color are your eyes?
Olly: blue
Madeline: Be more specific, please.
Olly: jesus. girls. ocean blue
Madeline: Atlantic or Pacific?
Olly: atlantic. What color are yours?
Madeline: Chocolate brown.
Olly: more specific please
Madeline: 75% cacao butter dark chocolate brown."

Los personajes son otro punto fuerte de Everything, Everything. Cada uno es diferente, con sus detalles y sus pinceladas. No hay muchos, pero todos son especiales. La relación entre Olly y Maddy me ha encantado. Una de las cosas que temía antes de leer este libro es que nos fuera a presentar un amor a primera vista, unos amantes desesperados por no poder abrazarse y dispuestos a morir a cambio de unas horas juntos. Para nada. Olly y Maddy se van conociendo poco a poco. Son divertidos, hablan de todo y se preocupan el uno por el otro. Se quieren, pero de una forma realista y dulce.

"I read once that, on average, we replace the majority of our cells every seven years. Even more amazing: We change the upper layers of our skin every two weeks. If all the cells in our body did this, we'd be immortal. But some of our cells, like the ones in our brains, don't renew. They age, and age us.
In two weeks my skin will have no memory of Olly's hand on mine, but my brain will remember. We can have immortality or the memory of touch. But we can't have both."

A lo largo de la novela, Maddy trata de encontrar la respuesta a si vale la pena arriesgarlo todo a cambio de vivir. Una reflexión interesante cuando la vemos desde su punto de vista, más extremo que el nuestro. Ella de verdad está arrisgándolo todo a cambio de vivir. Me ha recordado un poco a la frase que dijo Oscar Wilde: "Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo." Da qué pensar.

"Eventually the cloud cover grows too thick for to see much of anything. I relax into my seat and reread The Little Prince. And, just like every time I've read it before, the meaning changes."

Por último, el final. No me lo esperaba, y, aún ahora, después de haberle dado muchas vueltas, sigo sin estar segura de si me convenció del todo. Faltó algo.

Everything, Everything es un libro sencillo y fácil de leer, con unos personajes que nos roban el corazón y una relación tan dulce que nos hará desear enamorarnos. Ese tipo de novela que nos hará quedarnos muchos minutos seguidos acurrucados en el sillón, con una sonrisa dibujada en nuestro rostro durante casi todos esos minutos.